En esa llamada no estaba el Mutis del que hablan los que se sentaron a conversar con él horas enteras. El de las exageraciones frenéticas, comilonas suicidas y abruptos geniales de los que hablaba su amigo, Gabriel García Márquez. En esa llamada estaba un Mutis de casi 90 años, con voz querida, que respondió "no tengo alientos ya para eso" a la petición de una entrevista, aunque siguiera siendo tan querido como los otros han dicho que ha sido. La llamada fue en mayo.
Tal vez tuvo que ver con eso otro que también contó Gabo en el mismo texto, cuando Mutis cumplió 70: "Solo quienes lo conocemos y lo queremos más, sabemos que no son más que aspavientos para asustar a sus fantasmas. Nadie puede imaginarse cuál es el altísimo precio que paga Álvaro Mutis por la desgracia de ser tan simpático". Por ser el hombre más simpático del mundo.
Álvaro Castaño Castillo, su otro amigo, el que lo conoce desde cuando eran niños, el que el viernes dio todas las entrevistas que el poeta no va a dar, lo regañó. "Uno debe conversar hasta el último suspiro. Nosotros tenemos vidas muy alegres, muy transparentes, para mostrar. No dice nada. Álvaro ha tenido una vida de viceversas, aunque la vida ha sido generosa con él".
Nacimiento
De pronto no es eso, ni lo demás, o es todo. Mutis ya escribió una vida. Era 26 de enero, 1923, cuando nació. Es su día, desde entonces, pero era ya el de San Luis, el rey de Francia. Extraño. Hasta él mismo habló de coincidencia. Tenía filiación con la monarquía. "Nunca he participado en política, no he votado jamás y el último hecho político que me preocupa de veras es la caída de Bizancio en manos de los infieles en 1453 -escribió en los 70, en una autobiografía-. Soy gibelino, monárquico y legitimista".
La vida de Mutis cambió cuando solo tenía dos años. Su familia se fue a vivir a Bruselas (Bélgica). Europa es fundamental para él. Está la ciudad y los viajes en barco a Colombia y el cambio de clima entre acá y allá y los autores que descubrió. Luego vino la muerte de su padre que lo cambió dos veces. Era la primera vez que se enfrentaba a la muerte y era regresar a Colombia.
"Mi padre se fue cuando yo más lo necesitaba. Su muerte fue como una amputación brutal. Recuerdo muy bien lo que sentí. Yo pensé: alguien me ha jodido. Y durante buen tiempo le guardé rencor por haberse marchado. Por primera vez pensé en la muerte, y comprendí que algún día me llegaría la hora. Tal vez ahí comencé a morirme yo también".
A él lo marca esa diferencia entre Europa y América y su trabajo tiene esa esencia de esos mundos y de lo que va descubriendo, desde tan pequeño. De todas maneras, entre todo eso estaba el Mutis escritor y el Álvaro que tendría una vida trotamundos, viajero, trabajador, social, relacionista público y, por supuesto, el más simpático del mundo.
Ese Mutis no estaba en esa llamada quizá porque, dice Juan Gustavo Cobo Borda, el poeta y ensayista, ahora "vive con la paz de quien ya lo que busca es leer los libros que lo marcaron y no descubrió bien. Se encontró en México, en su biblioteca, una forma de mostrar que no hay que estar en lo expuesto, sino en lo íntimo, en lo reflexivo".
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