
LA PATRIA | MANIZALES
El 11 de octubre del año pasado, Héctor Torres Escalante, de 58 años, se paró de su silla en una sala de audiencias del Palacio Nacional y se le burló en la cara a un sobrino de Jorge Arturo Rodríguez García, de 62 años, pensionado que asesinaron el 28 de noviembre del 2013, dentro de su casa del barrio Bengala (Manizales).
Minutos antes, un Juzgado Penal de esta capital declaró inocente a Torres Escalante, principal sospechoso de ese homicidio. Incluso estuvo encerrado ocho meses. Hoy, nueve meses después, el Tribunal Superior de Manizales consideró lo contrario, lo condenó a 34 años de prisión y ordenó su captura, que la hizo efectiva el CTI en la Galería por homicidio agravado y hurto calificado y agravado.
Con el fallo de primera instancia se creyó que la investigación daría un giro y apuntaría hacia dos jóvenes de Solferino, pues la defensa del sindicado argumentó que era un delito pasional. Sin embargo, el Tribunal consideró suficientes las pruebas que recolectó la Fiscalía y que la disputa entre víctima y victimario se dio por un hurto.
A Rodríguez García lo mataron a golpes y de varias puñaladas en diferentes partes del cuerpo. El homicida se encarnizó con la víctima. Torres Escalante, de oficio constructor, quedó vinculado porque alquilaba habitaciones en diferentes lugares de la ciudad. El fallecido le arrendó un cuarto en su vivienda. Un testigo indicó que el día del crimen llamó en reiteradas ocasiones a la víctima y que quien contestó fue el hoy condenado, con quien al parecer ingería licor en el Centro. Luego, no quiso contestar más.
Otros afirmaron que al día siguiente, muy temprano, vieron salir a Torres Escalante de la casa del occiso con varios elementos como una olla arrocera y, dos costales llenos de elementos y ropa. El cuerpo de Jorge Arturo lo hallaron debajo de un colchón. Todo estaba revolcado, faltaban el celular, el equipo de sonido y la billetera.
El sentenciado le debía $50 mil del arriendo a Rodríguez García. Le ocasionó 11 heridas con arma blanca y objetos contundentes en cabeza, cuello, abdomen y brazos.
El condenado, durante el juicio, señaló que ese día sacó unas cosas suyas de la casa para venderlas en la Galería, entre ellas unas ollas, y poderle pagar a su arrendatario. "Por la tarde volví a la vivienda y encontré a dos jóvenes, del barrio Solferino, que iban mucho allá, y no me dejaron entrar".
Hoy la familia del fallecido está más tranquila porque se hizo justicia. Y ahora es el sobrino de la víctima quien sonríe porque el homicida de su tío estará largo tiempo tras las rejas.
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