
LA PATRIA | MANIZALES
María Eugenia Correa Ramírez dejó correr las lágrimas por sus mejillas, miró hacia el techo y dijo: "Sueño con un gran regalo de Navidad, tener a mi lado a mi hijo Carlos Andrés Castaño". Abrazó a su hija de siete años, única compañía y motivo de lucha en estos momentos, y agregó: "El dolor de madre que soporto no se lo deseo a nadie. No tengo plata, no tengo empleo, pero saber dónde está Carlos Andrés vale por todo".
La señora, del barrio Jorge Eliécer Gaitán, de Chinchiná, vive un doble drama. A la desaparición el 19 de diciembre del año pasado de su hijo, de 23 años, se le suma otra situación peor. A su otro hijo, Daniel Felipe Correa, de 29 años, lo hallaron muerto el pasado 12 de octubre en el río Guacaica, en las areneras de la finca El Caney, vereda El Guineo (Neira).
Un hombre, que extraía arena del río, lo encontró con una retroexcavadora. Estaba en alto estado de descomposición, incluso su rostro ya no se distinguía.
Carlos Andrés, el desaparecido, laboraba como recolector de café en la vereda La Trinidad. "Se fue a trabajar a una finca. Terminó bachillerato, prestó servicio militar y quería hacer algo, pues la niña y yo dependíamos económicamente de él", expresó María Eugenia.
La madre teme que le hayan dado escopolamina, pues días después de la desaparición encontraron los documentos de su hijo en el sector de La Variante, en Chinchiná. Cree que quizá tomó rumbo a Antioquia, pues a veces se iba a trabajar a Concordia.
La mujer respiró profundo, dejó salir más lágrimas, sacó su celular y marcó un número. El mensaje de apagado se escuchó de inmediato. "Mi hijo tenía un celular bueno, quizá lo atracaron. Le marco y le marco, pero siempre está apagado. Si alguien lo ve, que por favor me ayude. Es de 1,66 metros de estatura, piel trigueña, ojos café, labios y boca pequeños".
El segundo golpe en el alma, como ella lo describe, lo recibió el 14 de octubre pasado, cuando le notificaron que el cuerpo hallado en estado de descomposición, en el río Guacaica, era el de su hijo Daniel Felipe. "Vivía en Comuneros con la abuela. No puede tapar el sol con un dedo: a él le gustaba el vicio, pero no se metía con nadie. Hacía mandados, se ganaba la platica para consumir y a veces hasta me ayudaba. La última vez que lo vieron fue cuando alguien le dijo: Mono, vaya y me compra dos cervezas. Nunca regresó ni con el licor, ni con la plata".
Lloró de nuevo al recordar que lo reconocieron por las huellas dactilares, pues del rostro solo quedó la quijada. Por eso cree que se lo mataron y que no se trata de un accidente, como presumen las autoridades.
Por último, abrazando a la niña de siete años, manifestó que está desesperada por la falta de trabajo, porque su mamá está enferma en la cama y no tienen con qué sobrevivir.
Pese a todo eso concluyó: "Ya sé dónde está Daniel Felipe: descansando en paz. Ahora añoro conocer el paradero de Carlitos. Sería el mejor regalo de Navidad".
Si ha visto a Carlos Andrés, llame al 3104894101.
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