Pedro Felipe Hoyos Körbel


El ser humano, para vivir a plenitud y ser apto para afrontar las dificultades y disfrutar lo bello, necesita no solo unas circunstancias externas sino unas potencialidades internas.
La política oficial se centra en promover la lectura, lo hace de manera deficiente, pero a mí me parece que la falla de esa política no radica en el poco músculo operativo, sino en el enfoque. ¿Leer para qué? ¿Tal vez para consumir el producto de la industria editorial? Leer enriquece al individuo, lo informa de lo que piensan y sienten los otros, accede a información, más esta estructura condena al individuo a ser sujeto eternamente: sobre él recae todo y no le da posibilidad de revertir sus conocimientos, sus emociones sobre otro, su crecimiento no va ser completo. Leer, en sentido figurado, llena el tanque de combustible de un vehículo, pero la combustión es lo que lo mueve y así cumplir su función de ser un automóvil. Es importante lograr esa combustión, ese momento donde se libera energía, se piensa para organizar las ideas y vivencias y pasar a escribir. Un lector convertido en escritor tipifica otro tipo de ciudadano y a ese nuevo hombre le debe apuntar una política estatal integral y coherente, que articule al libro, a la lectura, a la escritura y por ende al pensamiento.
Observo que al libro muy pocos le apuestan ya. Me comentó un editor de una universidad local que el tiraje que estaban publicando de ciertos títulos era de 10 ejemplares, o sea la misma universidad está convirtiendo el libro en una prueba administrativa, negando la fuerza civilizatoria de esas hojas empastadas que se convierten en libros. Sabemos que el punto de equilibrio del negocio de impresión de libros es de 1.000 ejemplares y para que deje ganancias un libro deben existir 2.000 copias. La universidad claudicó, porque intuye que no existen 1.000 ni 2.000 lectores-compradores de ese libro. Aceptan las universidades, instituciones que son el refugio natural del libro, que ni siquiera sus alumnos, todas ellas rebasan los 2.000 alumnos, leen o consumen su producción. No nos sorprendamos de que el libro desaparecerá, porque los llamados a darle vida y usarlo lo está pervirtiendo induciendo su destrucción.
Vemos pues como dos bloques importantes, el Estado y las universidades, sobre los cuales se podría apoyar el libro, ya le dieron la espalda a este ladrillo básico y noble de la civilidad. Queda un tercer estamento que es el lector independiente que compra en las librerías los libros que produce la industria editorial ya sea la globalizada o la local. Este es tradicionalmente el más débil como lo indican las cifras de consumo de libros per cápita en Colombia, pero es gracias a ellos que esa cifra al menos existe.
Ahora no me digan que los bazares de libros que se organizan en la ciudad son una respuesta idónea e inteligente a la amenaza a la que está expuesto al libro. Siquiera le quitaron al nombre lo de feria internacional, pero distan estos románticos e infantiles ejercicios en convertirse en solución, porque sin libros esta sociedad se automutila un miembro importante de su anatomía no pudiendo avanzar y perdiendo el derecho a quejarse de porque las cosas van mal. Todo el mundo sabe que en una feria desembocan procesos, aquí se reúnen los libreros locales a hacer promociones. Al parecer se constituye un fraude de etiqueta, pero creo que solo es el reflejo de una inmensa inseguridad, de una carencia de norte.
¿No sería oportuno que el gobierno departamental emprendiera la tarea de dotar con 3 libros por año a cada caldense? No solo impulsar la leída de esos libros, sino coronar ese trascendental ejercicio con el fomento de la escritura. Serían 3 millones de libros escritos por caldenses e impresos por caldenses que oxigenarían esta sociedad. Los costos son irrisorios, calculo que no suman 2.000 millones al año si se articulan todos los protagonistas, y les daría empleo a dos sectores muy interesantes: el industrial y al intelectual.
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