Luis Prieto


Incumplir es el factor común para las reacciones populares que se han venido presentando, a lo largo y ancho del país. Y también a punto de desembocar en la violencia airada. Airada y simultánea, algo muy grave de por sí y más en la época que está pasando.
Todos los gritos y agresiones verbales, fruto del desespero, reflejadas en sus marchas diarias, acusan al gobierno de las precarias condiciones a que han llegado. Son clamores de rabia y angustia. En el momento, varias regiones colombianas se han levantado al unísono, junto con los representantes de la educación nacional, no ya para pedir novedades, sino para exigirle al gobierno o sea al Presidente de la República que cumpla lo reiteradamente acordado.
Con la pobreza no se puede jugar a la ligera. Sus reclamos angustiosos y su paciencia ancestral pueden detonar en cualquier momento, con consecuencias impredecibles.
Lo peor de esta situación es que se sindica al presidente, porque las promesas incumplidas han emanado de sus propias palabras. Su estrategia de no ceder en el caso de estas protestas, sino cuando la cuerda está por reventarse y al borde del abismo, es desafiar lo que debería apreciar. Esperar a que el hambre rinda a las gentes querellantes, es más que peligroso. Lo sucedido en otros países puede servir de ejemplo macabro.
Uno se pregunta, ¿por qué solo cuando el gobierno, este gobierno, es protagonista?
Este gobierno debería mirar cómo en el sector privado colombiano, existen unas estupendas relaciones entre todos los sectores que componen su conjunto. Todos a una aman la empresa para la cual trabajan y las relaciones internas que la rigen, pacíficas y amigables. Sus dirigentes son conscientes de las afugias y de los triunfos de sus compañeros de trabajo, cualquiera que fuere su rango.
En el sector público distintas son las cosas. La vida política es la que impera. La escala ascendente es a mordiscos, lambetazos y traiciones. La estructura, producto de esta esencia a lo largo de su gradación impone su malévola condición.
Las posiciones públicas en Colombia corresponden a la calaña política que la distingue. Nunca se produce un nombramiento, importante o no, para ocupar una posición así sea como celador o ministro de Estado, que no corresponda a los intereses malignos de jefes políticos que usan sus posiciones para su propio beneficio. Pocas veces orientan sus movimientos a redimir el pueblo raso que los rodea. La eficiencia no se conoce en la escalera ascendente en el escalafón del servicio público.
No hay que extrañar que las promesas a estas gentes inermes se incumplan olímpicamente. Solo cuando se producen paros y perturbaciones del orden público, se apresuran a corregir sus desdenes pasados.
Lamentablemente este gobierno que se esperaba exitoso, ya que pocos llegaban a la silla presidencial, con tantos auspicios y una votación como la que tuvo, así fuera endosado.
Quién hubiera creído que el camino de la amargura era el que tenía que recorrer para llegar al punto final de su mandato. Su popularidad es de las más bajas de la historia colombiana. El nombramiento de su sucesor que tendrá lugar el año próximo es hoy nubloso, porque en el momento no se ven candidatos sobresalientes. El número actual de partidos es muy grande y hace más confusa la situación.
Con seguridad cualquiera que sea el virtuoso ganador llegará allí tembloroso, porque las llamas que tiene que apagar son muchas, como lo es la cantidad de ceniza que encuentra en este camino.
Pero conviene destacar que el sector privado no se ha afectado, sigue siendo el baluarte de la vida colombiana, que impide los desastres ocasionados en la vida pública. A diferencia de lo que pasa en otros países, donde la ciudadanía está ceñida fatalmente a lo que sucede en las agrias olas del devenir político. En Colombia el sector privado tiene unos representantes de lujo, envidiados en toda la región y una clase trabajadora igualmente de mostrar, ese hecho hace que Colombia siga adelante y hace que al final del día, sea el que indica el camino a seguir.
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