Luis F. Gómez


Todo el sector de la educación superior, y muy particularmente las universidades, está en el foco de las preguntas en medio de la pandemia, poniendo los ojos en post-covid19. ¿Esto no puede seguir igual? ¿Cómo será la educación del futuro? Lo que exigirá mucha innovación, que se enfrentará a dos grandes obstáculos: La estructura y funcionalidad paquidérmica de las universidades, y en segundo lugar, a la inflexibilidad del control y vigilancia del Ministerio de Educación Nacional y de las Agencias Acreditadoras.
Desde muchos de los webinars que se han hecho en estos días para repensar el futuro de las universidades, hay líneas de trabajo futuro coincidentes. En efecto, varios puntos han ido saliendo y van tomando fuerza en toda América Latina: La urgencia de asegurar una mayor cobertura, rompiendo paradigmas; la importancia de la focalización de la investigación, la urgencia de ser más pertinentes con el contexto en la generación de conocimiento; la articulación para siempre de los medios virtuales para muchos componentes teóricos, la virtualidad entró de súbito y se quedará en un porcentaje importante de los cursos; la profundización de experiencias formativas más activas y flexibles para asegurar el aprendizaje de los estudiantes, pasando de la enseñanza al aprendizaje y dejando un campo experiencial muy grande con trabajo cooperativo, colaborativo entre los estudiantes mismos; la redefinición de la internacionalización como una manera de pensar global y una comprensión multicultural de la realidad. ¡Y apenas hemos comenzado a pensar! Pero lo que sí se ve es la necesidad de flexibilidad, de dejar muchos paradigmas y dogmas que nos dejan inmóviles.
Frente a los dos obstáculos es fundamental dejar de lado el paradigma del control y la vigilancia, y poner el énfasis o en el de fomento y acompañamiento. Si bien la tara genética del control y vigilancia viene desde hace mucho tiempo y está en la Constitución Política: “… regular y ejercer la suprema inspección y vigilancia de la educación”, dice su artículo 67, hay que cambiar de perspectiva. Pues ese chip está generando que el sistema educativo esté pasmado y la lentitud sea el nivel de velocidad. Es necesario hacer un giro copernicano y sin miedo. El Estado debe asumir una posición mucho más flexible para ejercer ese mandato constitucional, que sea inteligente y adaptado a las necesidades actuales. El sector de la educación requiere mayor libertad. ¿Cuánto tiempo se demora la aprobación de un programa nuevo? ¿Cuánto tiempo se demora un cambio curricular? ¿Cuánto toma el proceso de una acreditación institucional? ¿Cuánto tiempo se requiere para aprobar una nueva institución de educación en Colombia? Y los temas van más allá de los tiempos, también hay concepciones muy caducas, que son los estándares con que se trabaja.
El segundo obstáculo hay que aceptarlo y es de las mismas instituciones educativas y de muchos de sus estamentos, que tienen una propensión adversa al cambio, que ha llevado a no pocas instituciones a una verdadera inmovilidad, a seguir haciendo siempre lo mismo.
Si queremos enfrentar el futuro, necesitamos unos cambios muy grandes en la educación y muy particularmente en las universidades. La autocrítica de las instituciones y la flexibilidad del Ministerio de Educación serán dos componentes necesarios. La innovación es urgente.
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