Juan Camilo Arroyave


Últimamente he defendido la tesis de que el escenario electoral en el país es demasiado inestable y sensible. Dicha idea trasciende por lo ocurrido en las elecciones legislativas del pasado mes de marzo en cuanto a la responsabilidad (o irresponsabilidad) de la Registraduría Nacional y a la forma cómo dicha entidad presentó los resultados, lo cual será materia de análisis de otra columna. Esta tesis también se ubica en la volatilidad de la intención del voto en medio de una campaña llena de confrontaciones, polémicas y ataques como estrategia primaria electoral, o como reza el dicho: “la mejor defensa es el ataque”. En detrimento de las propuestas y los programas que revelen las verdaderas estrategias para transformar a Colombia, a propósito, uno de los países más desiguales de América y el mundo.
A decir verdad, los ataques personales y los escándalos han marcado el paso de las elecciones presidenciales en Colombia recientes. Para no ir muy lejos, la campaña del año 2014 estuvo atravesada por el escándalo del hacker Sepúlveda, una polémica de grandes dimensiones que terminó por afectar la campaña del candidato con mayores opciones en su momento, Oscar Iván Zuluaga, y determinó el triunfo y reelección de Juan Manuel Santos.
Para 2018, un escenario electoral diferente pues ya no se enfrentaba ningún candidato con un presidente en ejercicio, la sombra de Santos terminó por perjudicar todo lo que representara continuismo. Santos cerró su gobierno con una aprobación de cerca del 40% y el desgaste de 8 años de mandato, de tal forma que afectó las campañas de aspirantes como Humberto de la Calle y Germán Vargas Lleras, famoso este último por el recordado “coscorrón” a un miembro de su esquema de seguridad y su difícil carácter. Sumado a lo anterior, el fantasma siempre útil de repetir la historia que hoy vive Venezuela o de entregarle el país a la extinta guerrilla de las FARC, terminó por inclinar la balanza a favor de las fuerzas políticas que, de manera continua, han gobernado el país en los últimos 20 años.
Si nos fijamos con detenimiento en la elección del año 2022, muchos de esos fantasmas vuelven a revivirse. La violencia vuelve y se presenta en forma de masacres y crímenes confusos por esta época; se recuerda, cada tanto, sobre la situación social del pueblo venezolano y los riesgos que tenemos al elegir una opción de izquierda; se señalan aquellos discursos que se basan en enfoques alternativos al punto de hablar de expropiaciones y de afectar el sistema pensional en Colombia.
El menú de ataques es tan amplio que hasta se ha querido aprovechar la coyuntura entre Rusia y Ucrania para ponerla de espejo en Colombia y alertar al pueblo sobre los riesgos de apoyar una propuesta de izquierda.
Cierto o no, muchas han sido las estratagemas para incidir a favor o en contra de un candidato. Y si lo miramos en perspectiva, muchas de estas han terminado funcionando. Eso explica las grandes cantidades de dinero que se mueven alrededor de las campañas políticas en el país, sobre todo en las presidenciales.
Lo que sí es cierto es que aún falta un mes para conocer los resultados de la primera vuelta presidencial. A mi parecer, tiempo suficiente para que las campañas continúen maximizando los errores de algunos candidatos. O, como ocurre con la campaña que cuenta con el apoyo más holgado en la actualidad, la de Gustavo Petro, siga cometiendo errores que le represente salir a dar explicaciones innecesarias y termine minando la confianza de muchos sectores que ha sabido capitalizar.
Los debates presidenciales, por ejemplo, son una buena muestra para explicar aquello de las arenas movedizas. Es por eso que a algunos candidatos, sobre todo a quienes puntean en las encuestas, se les recomienda no asistir. Ese escenario es tan sensible que, de llegar a cometer un error en una respuesta, terminan por enterrar su campaña.
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