José Manuel Cansino


Como una de las economías importantes del mundo, la chilena está también envuelta en la cuarta revolución industrial; una serie de cambios sincrónicos y de profundidad que nos llevan a la Economía 4.0. En este nuevo marco cargado todavía de incertidumbres –la mayor parte de los empleos futuros aún no se conocen–, la introducción masiva de la inteligencia artificial en los procesos productivos provoca disrupciones en las relaciones laborales.
Si se compara esta segunda ola de robotización con la que tuvo lugar en la década de los 80 del siglo pasado, ahora son tareas no rutinarias y realizadas en ambientes no necesariamente controlados las que están siendo sustituidas total o parcialmente por máquinas. Naturalmente, no todas las actividades profesionales están igualmente expuestas a la robotización y, precisamente por eso, es importante orientar la educación y formación profesional a las actividades más resilientes a estos cambios.
Parte del éxito para encarar este proceso es analizar la denominada por Enrique Feas, “curva de la sonrisa”. Su análisis señala como los empleos menos expuestos a ser sustituidos por la inteligencia artificial a los que se sitúan en los extremos de la cadena de valor de cualquier producto. Así, en el inicio tendríamos a los empleos generados por la actividad de I+D, y en el otro extremo tendríamos los relacionados con la logística de la venta y los servicios de atención al cliente.
Lo anterior subraya que la comunicación jugará un papel crucial en los puestos de trabajo con menor riesgo de desaparición. En esto quienes manejamos una lengua nativa muy extendida disfrutamos de una ventaja comparativa que conviene cuidar eficazmente. En efecto, el español, con unos 580 millones de personas de comunidad lingüística, es una herramienta sumamente útil para el desempeño profesional y para el desarrollo equitativo. El British Council, en su informe Languages for the future, volvía a validar al español como la primera de entre las 10 lenguas más importante del mundo por delante del chino mandarín. Hoy, como ayer, la educación sigue siendo el más importante factor de movilidad social y la lengua nativa y las extranjeras forman parte de ella.
Los procesos constituyentes incorporan la cuestión lingüística como parte de los mismos y, en el caso de Chile, concurren con aspectos tales como la organización territorial del Estado. Las revueltas de los últimos meses, tanto en Chile como en otros países, advierten del peligro de derivas etnolingüísticas cuyo resultado último es gravemente inequitativo. La lección aprendida de regiones como Cataluña, en España, es que cuando la protección de la lengua local acaba degenerando en factor de exclusión social, los principales lesionados son los ciudadanos de menos recursos a los que se niega el acceso a una lengua común e internacional. Ejemplo extremo de esta deriva etnolingüística es no divulgar la información sanitaria sobre la pandemia más que en la lengua local, desprotegiendo a la parte de la población hispano hablante.
Al margen de las emociones, del necesario proceso de vertebración del Estado y del patrimonio filológico de las lenguas locales, el español es una herramienta que cobrará músculo en esta economía 4.0 en la que la comunicación se ha instalado en el centro del éxito de innumerables procesos productivos, logísticos y de investigación. Los constituyentes seguro que lo tienen en cuenta. El futuro de millones de personas depende crucialmente de ello.
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