Jorge Alejandro García


Se habla mucho sobre la violencia en Colombia. Y ahora sobre el proceso de paz para dejar atrás los 50 años de conflicto que hemos vivido. Pero aquel conflicto que no hemos dejado atrás es la violencia cotidiana en el interior de las familias y en especial hacia las mujeres. Un conflicto que seguro en algún momento ha afectado a las personas más cercanas a nosotros.
El pasado 7 de marzo, día Internacional de la Mujer, la Universidad de la Sabana y medicina legal informaron que en el año 2016 en nuestro país crecieron los feminicidios (pasando de 100 a 122, aumento del 20%) y los casos de violencia intrafamiliar hacia las mujeres (pasando de 14.021 denuncias a 15.082, aumento del 7%), cifras que me hacen pensar que hay una fuerte batalla para dar en el interior de cada colombiano por el compromiso con la cultura de la no violencia hacia la mujer. Y llama la atención que la mayor proporción de casos se haya presentado en las mujeres entre 20 y 29 años.
Como joven me cuestiona el hecho de sea en nuestro grupo de edad donde más se esté perpetuando una cultura machista y de violencia que contrasta con el creciente activismo de las mujeres de la generación actual defendiendo la igualdad de género, la equidad de oportunidades y la defensa de sus derechos, activismo evidentemente mayor al que ocurría anteriormente. Sin embargo, los hombres guardamos relativo silencio cada vez que el tema sale a flote en el escenario público. Me explico: Se conoce un caso donde una mujer es golpeada por un hombre y las mujeres organizan marchas, la defienden a través de escritos y redes sociales. Pero ¿por qué no hay tal activismo de parte de nosotros, el género masculino?
Y me atrevo a pensar que nuestra cultura ha hecho que la violencia a la mujer se vuelva “paisaje” y un asunto sólo de ellas. Es decir, que las conductas violentas hagan parte de la realidad local y del contexto diario de nuestras vidas. Y no me refiero solamente a los actos de agresión física sino también a la legitimación de la violencia simbólica, aquellas acciones donde los mismos hombres promovemos la desigualdad.
¿Pero acaso son los derechos de las mujeres sólo su responsabilidad? Y me pregunto, ¿cuál es el papel que también tenemos los hombres en proteger el rol y capacidades que tiene el género femenino para aportarle a nuestra sociedad?
Y como hombre lo escribo. Nosotros también podemos (y debemos) defender su participación y no incurrir en acciones cotidianas que discriminan y violentan. Suponer por ellas, subvalorar sus opiniones, creer que son nuestra propiedad y actuar como tal, limitar su libertad, cosificar su cuerpo o considerar que tiene menores capacidades que nosotros. Nuestros comportamientos deberían reflejar este cambio de paradigma en el que creemos. Y la igualdad de género también es nuestro asunto.
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