Jaime Enrique Sanz Álvarez


El deporte en sus inicios fue ejercicio, cultura física. Poco a poco derivó en afición, se habló entonces del deporte aficionado y luego ya en el siglo XX de profesión y, aun cuando se mantiene la diferencia de aficionado y profesional, cada vez más el primero solo es una etapa para llegar al segundo, es evidente que quienes empiezan como aficionados tienen en la mira llegar a profesionales. El ejercicio del deporte termina siendo competencia, bien sea contra un rival individual, como en el tenis, el boxeo o la lucha, o contra un rival colectivo como en el fútbol, el béisbol o el baloncesto, también contra el reloj o las distancias como el atletismo, y todos ellos femenino y masculino.
La competencia convierte al espectador en fanático, en hincha. El fútbol en especial nació para escenificarse ante un público en aumento, de allí también los estadios cada vez más grandes, porque ahora los aficionados, ya no solo al deporte sino a un equipo, se cuentan por miles. Con el advenimiento de la televisión, el espectáculo creció y es posible ver estadios abarrotados y millones de telespectadores. Si bien la condición de aficionado o hincha recae en quienes asisten al estadio, su sostenimiento o financiamiento reposa en la publicidad y con ella la televisión que aporta una mayor cuota en el presupuesto de cada equipo.
Ahora cuando comienza la “desescalada”, rebuscada palabra (de uso en España) que no trae el diccionario y por oposición a escalar debemos entender como descenso paulatino. Pero a quien debió cerrar una empresa, o no tiene qué comer o frente al grado de pobreza que no deja de subir, cómo les vamos a hablar de desescalada. Hablemos más bien del proceso de disminución gradual o alivio de las restricciones, de las que solo van quedando, las que conllevan aglomeración o acercamiento. En este marco se pretende dar vida a la competición. En el fútbol la reclama el público y la necesitan los jugadores, los equipos, los patrocinadores, la televisión y, cómo no, las casas de apuestas en su doble condición de receptores de las apuestas y patrocinadores de las transmisiones de televisión.
Está claro que lo que se pide por el momento es la transmisión de los partidos de liga con los estadios cerrados al público, parece un contrasentido, pero no lo es porque con lo que paga la televisión se salva el ejercicio. No es lo mismo, pero yo estoy seguro que, por ejemplo el Once tiene más seguidores por televisión que asistentes, que en el mejor de los casos no pasamos de nueve mil; lo peor es que aquellos son los más críticos, la crítica incluso les sirve para justificar su inasistencia. La discusión acerca de la presencia de público no procede, es lo que hay. Para quienes no será igual es para los jugadores que se pierden la ovación y el apoyo de las barras. Será lo mismo ser local que visitante, salvo las ventajas de la altura o el calor, y los árbitros tendrán menos presión. Se habla incluso de pentagonales o grupos de diez, con sedes fijas que otorgan pequeñas ventajas a los equipos de las sedes escogidas, sin público no hay entre los estadios y bien pueden programarse en el Eje Cafetero aun cuando al final primarán los intereses de los equipos mayores. ¿Pero… cuándo?
Ver fútbol por televisión no es una novedad, sin pandemia veíamos desde nuestras casas a miles de kilómetros, con los estadios llenos, los partidos del Real Madrid, Barcelona, Atlético, Manchester City o el Liverpool, los mundiales, la Copa Suramericana o la Selección donde quiera que se presentara. En Alemania ya se han jugado varias fechas sin público y por televisión he visto varios partidos que me parecieron tibios y, no obstante que en uno de ellos el Borusia adornó una tribuna con hinchas de cartón, eché de menos el aplauso y el rugido del público. Finalmente no solo se trata de jugar al fútbol, como diría Clinton, “Es la economía, es…”.
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