Jaime Alzate


Desafortunadamente para Colombia el fin de semana pasado volvió a traernos otra oleada de salvajismo con el ataque terrorista contra la Escuela de oficiales de la Policía en Bogotá.
Este macabro hecho preparado y ejecutado por los asesinos del Eln, unos miserables cobardes que aprovechándose de la indefensión de sus víctimas, atacan con armas no convencionales a unos muchachos recién salidos del colegio, a quienes con una carga de dinamita, sin consideración de ninguna clase con ellos ni con sus familias, los arrasaron con toda la cobardía de que fueron capaces.
Y nos incrementa el sentimiento de repudio las declaraciones que dieron que sin la menor vergüenza, al ser descubierta su malignidad, con el mayor descaro reconocen su crimen dando como justificación que lo que estaban atacando era un centro de preparación de futuros enemigos de la democracia.
Si esto es lo que piensan y hacen estos salvajes, pocas son las esperanzas que tenemos de salvarnos o salvar a nuestros hijos de un futuro muy oscuro, tal vez más negro del que estamos padeciendo.
Solo nos falta que el terrorismo se convierta, como en los tiempos de la mafia, en el arma con que piensan arrasar a una generación joven que ha demostrado su alta calidad intelectual y patriótica, y su deseo de enfrentar con valor los males que nos amenazan de forma tan cobarde. Con la inmensa mayoría, pienso que la ley no puede demostrar el menor síntoma de debilidad, y al Gobierno, apoyado por el país entero, no puede temblarle la mano para responderles a los terroristas. En Colombia necesitamos mano firme para enfrentar a los enemigos de la patria.
Venezuela
Escribo esta columna en la tarde del jueves 24, y a pesar de que el miércoles fue un día de optimismo en Caracas, y las calles se vieron repletas de ciudadanos agitando las banderas y vivando al nuevo líder, el joven Guaidó, las cosas no se ven tan claras después de ese momento, porque el sátrapa inició de inmediato su contraataque presionado por los altos mandos militares que han recibido toda clase de beneficios a costillas de un pueblo que muere de hambre, y se complicó el triunfo rápido de la democracia que esperábamos los menos optimistas.
Nadie ha llegado a una posición de poder tan rápidamente y con tanto apoyo de países como los Estado Unidos como lo hizo el novel diputado, pero en Venezuela las fallas democráticas son muy difíciles de controlar. Uno de los mayores problemas es la falta de unión de los líderes de la oposición, adicionado con una mentalidad de prepotencia que poco permiten formar verdaderos frentes de defensa contra un ejército que no ha hecho en los últimos años otra cosa que lucrarse de las dádivas que les han entregado los altos mandos para asegurar su permanencia en el poder.
Para nuestro infortunio, este problema apenas está comenzando, y sin ser profeta de desastres parece que terminará en cruentos enfrentamientos que ni siquiera las grandes potencias podrán detener.
P.d.: El año pasado me inscribí en un gimnasio por $400 mil mensuales y todavía no he perdido ni un solo kilo, aparentemente además de inscribirse hay que asistir.
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