Jaime Alzate


Cada semana las cosas se van poniendo más peliagudas, ya sea en nuestro país o en cualquier otra parte de mundo donde el incremento de la pobreza se refleja en índices exponenciales de tal magnitud, que no ha terminado uno de enterarse de las nuevas cifras que dan a conocer los más importantes organismos internacionales sobre este doloroso tema, cuando ya tienen que rectificarlas porque se han vuelto obsoletas.
Si tomamos como ejemplo países del tercer mundo, este asunto se agudiza en tal forma que parece que la humanidad va de capa caída, sin que llegue una brizna de esperanza que ayude a mejorar las situaciones dolorosas de naciones como las africanas, las del Medio Oriente y de tantas otras partes en las que las cifras de terrorífica pobreza sobrepasan la imaginación. Si a estas regiones se les suma el permanente estado de guerra en el que se mantienen contra todos sus vecinos, su situación pasa de dolorosa a aberrante, llegando a límites espantosos, en los cuales desaparece el sentimiento de humanidad convirtiendo a sus habitantes en verdaderas masas humanas sumidas en la peor de las miserias.
Tenemos que agradecer a Dios que no hemos llegado a situaciones tan dolorosas, pero también tenemos que hacer muchos esfuerzos para no aproximarnos a situaciones ni siquiera parecidas. Sin embargo, parece a veces que es muy poquito lo que hacemos para no caer en la tentación de dejarnos arrastrar por situaciones que pueden llevarnos a las peores desgracias.
Pero a pesar de todo lo que se nos pueda venir encima, y de todos los ejemplos que nos llegan de todas partes, esta Colombia del alma no deja de seguir siendo un fuerte caldo de cultivo para hechos que nos mantiene al filo de la navaja, exponiéndonos a caer en las peores de las desgracias, porque tenemos que reconocer que los colombianos tenemos un espíritu increíblemente arriesgado, poniéndonos siempre, como tantas veces lo hemos demostrado, al borde del precipicio, sin que ni siquiera nos muevan los mínimos sentimientos de propia defensa.
Produce verdadero temor el tener que sentir que vivimos en un país donde permanentemente sentimos los gritos de batalla que emiten los bandidos que durante tantos años nos han tenido amenazados en los fértiles campos, que de pronto se convirtieron, con el espantoso abono de la cocaína, el estiércol del diablo, no en tierra de nadie sino, por el contrario, en el peor de los sembrados, cultivados por las mafias y los guerrilleros desalmados que han irrigado de sangre las que en otra época nos dieron la tranquilidad de que nuestros hijos nacieran, crecieran y vivieran dentro de un oasis de paz, que hoy añoramos con todo el sentimiento.
Despertemos de nuestra laxitud y comencemos, ya que no los hemos hecho con verdadero estímulo, a sentir que el enemigo está ya dentro de nuestra casa, y que si no hacemos algo definitivo, ni siquiera el ejemplo de los vecinos, o el de los de tierras más lejanas nos va a servir para salir del cerco de púas que nos tiene rodeados e indefensos.
P.D. ¿No sería ya hora de que empezáramos de una vez por todas una amplia campaña internacional por los izquierdos humanos?
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