Jaime Alzate


Difícil situación la que están pasando casi todos los países de América Latina a los que se les ha pegado como sanguijuela la enfermedad bautizada como el virus socialista del siglo XXI, que ha venido horadando la poquita democracia que nos quedaba después de los desastres de las guerras mundiales de principios del siglo pasado. Todavía quedan secuelas de tristeza, desolación y muerte, reflejadas en los peligrosos enfrentamientos conocidos como la Guerra Fría y que durante varios años generaron tensiones diplomáticas entre las dos superpotencias, Estados Unidos y Rusia. Estos colosos de la época moderna estuvieron a punto de meternos la guerra a las puertas de nuestra casa en la célebre invasión a Bahía Cochinos, en medio de los tremendos temores de vernos rodeados por mortíferos armamentos nucleares que los mismos norteamericanos nunca habían sentido tan de cerca, y que con solo una leve presión del botón rojo por parte de los rusos podía poner a volar los edificios de Manhattan, en la capital del mundo, causando destrozos y muertes cientos de veces peores que las producidas en los ataques de septiembre 11 a las Torres Gemelas.
Ahora tenemos de frente otra situación tremendamente difícil, provocada por la polarización que padecemos entre nosotros mismos, con las claras consecuencias de regreso a las guerras de guerrilla que venimos sufriendo desde hace largos y tormentosos años. Pero como si todavía no estuviéramos satisfechos de tanta violencia, parece que nos ponemos contentos cuando dentro de nuestras propias entrañas incubamos la extraña epidemia de crueles enfermedades con las que convertimos en los peores enemigos hasta a nuestros hermanos de sangre, aprovechando la indefensión que produce vivir bajo las garras de la miseria.
Todo indica que las elecciones que se aproximan, a cambio de enseñarnos un poco de civilización, nos van a llevar otra vez por la vía de los insultos, de las depravaciones y las calumnias, como ya se ven en los cardúmenes venenosos que azotan el ambiente político, y que no nos deja respirar tranquilos.
Es triste, pero en estos últimos días me ha tocado ser testigo del recrudecimiento de los enfrentamientos de buenos compañeros, que ahora les sacan las garras a sus amigos de toda la vida, víctimas de la polarización fratricida. ¡Increíble!
P.D.: En las democracias llaman clase dirigente, la clase que el voto popular no le deja dirigir nada.
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