Guido Echeverri


“El mundo está al borde de un catastrófico fracaso moral, y el precio de este fracaso será pagado con vidas (…) en lo países más pobres del mundo,” afirmó hace pocos días el director general de la Organización Mundial de la Salud, (OMS), Tedros Adhanon Ghebreyesus.
La tremenda sentencia sugiere que lo que está ocurriendo con el manejo de la vacuna contra la covid-19 no está atendiendo las mínimas exigencias de un proceso que a esta altura del tiempo debió estar asegurando una solución global, coordinada, y definitiva para todos lo países del mundo.
Un comité independiente de la 0MS ha venido trabajado en una evaluación sobre la respuesta internacional al manejo de la pandemia. Visto el informe, el jefe de la OMS considera que no solo está en peligro el acceso equitativo en todo el mundo a la vacuna y su distribución igualitaria planteada desde el año pasado, sino que también se cometieron errores a nivel global que facilitaron la expansión del virus y disminuyeron la capacidad de gestión de la Organización, y de paso precarizaron sus instrumentos de trabajo y su autoridad institucional.
No se actuó en consecuencia con la naturaleza global de la crisis y sus consecuencias de alcance mundial. ¿La humanidad pudo usar mecanismos idóneos para introducir la vacuna contra la covid-19 en la categoría de bienes públicos universales, y sustraerlos por ese camino, de las contingencias derivadas de las fallas del mercado? En esa categoría “…están todas aquellas cosas que los mercados por sí solos no hacen: desde preservar nuestro medioambiente hasta invertir lo suficiente en educación, investigación e infraestructura, o como hemos visto, brindar seguridad contra muchos de los importantes riesgos sociales que enfrentan”, (Stiglitz, Capitalismo Progresista, 2019, Pág. 202.
Las Naciones Unidas que debieron ser las llamadas a activar los mecanismos de coordinación internacional a fin de alcanzar este propósito, no lo hicieron. Apenas sí la Organización Mundial de la Salud logró organizar algunos países de desarrollo medio en torno al mecanismo llamado COVAX, el que de acuerdo con las últimas informaciones tampoco ha resultado efectivo a la hora de garantizar el oportuno y suficiente suministro de las vacunas. De hecho, esta semana el secretario general de la ONU, António Guterres, insistió en que el “vacunacionalismo avanza a toda máquina” y pidió una vez más a los líderes internacionales analizar la eventualidad de que la vacuna sea un bien público global.
En el mismo sentido, parte de la comunidad científica mundial hizo un llamamiento a los gobiernos y farmacéuticas para que la vacuna fuera de dominio público, de tal manera que pudiera ser producida por cualquiera bajo una estricta supervisión internacional. Esto permitiría que fuese reproducida en cada país y administrada sin ánimo de lucro, poniendo la salud pública mundial como prioridad.
Lo que está pasando con la vacuna desnuda hasta la obscenidad las lacras del capitalismo, convierte en indefensable cualquier argumento a favor de la globalización y anula en lo esencial, el concepto y la práctica del multilateralismo. Y desde el punto de vista ético nos regresa a la noche de los tiempos.
En el escenario del libre mercado las farmacéuticas tienen un poder desmedido que no han dudado en utilizar; han impuesto, dicen ciertos gobiernos, condiciones de confidencialidad que a la postre nadie entiende razonablemente. Es una actitud francamente abusiva. Nadie está pidiendo que la publicidad de los contratos de comercialización de las vacunas ponga en riesgo los secretos en torno a los aspectos científicos de las vacunas o que se amenacen los derechos de creación intelectual; cuando se sacrifica la transparencia y la información pública de esas negociaciones, se están debilitando, además, gravemente las garantías constitucionales, ya bastante maltrechas por el manejo gubernamental de otros aspectos de la pandemia.
Frente a todo ese panorama, con el paso del tiempo Colombia aparece más afectada. En el escenario mundial, todos los días escalamos puestos entre los Estados más duramente castigados por la tragedia. Si la gestión del gobierno se mide en cifras, el presidente Duque sale muy mal librado. El retorno a las restricciones está acabando de quebrar la economía, se agotan los recursos de la salud, y las esperanzas que surgieron con los anuncios de la llegada de las vacunas se marchitan.
El 21 de diciembre del año pasado en entrevista con Blu Radio, el presidente Duque, dijo: “Esperamos hacia el mes de febrero iniciar la vacunación masiva. La vacunación de prueba puede ser esta semana, la siguiente o la primera de enero.”
La segunda parte de la promesa no se ha cumplido; la primera, como van las cosas, tampoco se va a cumplir.
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