Guido Echeverri


Que los tiempos de la paz son difíciles y tortuosos lo vuelve a demostrar este proceso que en Colombia lleva 5 años tratando de consolidarse. Los estudios que le han seguido la pista a los procesos de paz en el mundo nos dicen que, al menos, el 50% fracasan después de ponerse en marcha.
Colombia, país que ha tramitado a lo largo de su historia varios acuerdos de paz, tiene en esa línea bastante experiencia en fracasos, los más de ellos como consecuencia del incumplimiento del Estado. Al Acuerdo de la Habana no llegamos vírgenes: al contrario, cargados de experiencias y nuevos refrentes conceptuales, legales y axiológicos, nacionales e internacionales, sobre justicia, verdad, reparación y garantía de no repetición, logramos un Acuerdo bastante completo, lleno, tal vez por eso, de muchas complejidades y azares.
Las complicaciones empezaron por efecto de las trampas de la memoria y una bien calibrada campaña de desinformación y mentiras que urdieron el desenlace de algo que parecía imposible a los ojos del mundo: que un país martirizado por una guerra de más de 50 años votara muy poco cuando se le convocara a pronunciarse sobre el bien sagrado de la paz, y que de sobremesa votara No al Acuerdo que la podía materializar.
El desconocimiento sobre los orígenes históricos de la guerrilla, la negación delirante de la existencia del conflicto armado interno y la exacerbación del odio y el miedo a partir de la tergiversación del contenido del Acuerdo que casi nadie leyó, terminaron por convencer a la minoría que votó, de que el Acuerdo era poco menos que un leviatán que entregaría los colombianos a los brazos del comunismo y las depravaciones sexuales.
Paradójicamente le hemos mostrado al mundo, primero, cómo se malogran de tarde en tarde muchos acuerdos de paz y al mismo tiempo, cómo somos capaces de intentar e intentar salir del pantano de la violencia, haciendo enormes esfuerzos, construyendo con sutileza y en medio de muchas dificultades políticas, un sofisticado entramado de caminos y acuerdos institucionales inéditos en el país, y afuera, a fin de poder transitar, primero hacia los acuerdos, y finalmente hacia la paz.
Llegar al Acuerdo significó identificar los grandes problemas que padece nuestro país y encontrar la forma de encararlos: la reforma rural integral, la participación política, el fin del conflicto, las drogas ilícitas, las víctimas, y la implementación y la refrendación. Llegar a la paz implicaba el desarrollo y la puesta en marcha de acciones de gobiernos, sociedad y Estado encaminadas a concretar las grandes transformaciones que sobre esos puntos fueron pactadas.
Hemos llegado al Acuerdo, pero no a la Paz. La desmovilización, la entrega de armas y la reinserción, apenas sí nos han permitido acariciar la posibilidad de una paz real. El tema rural, consustancial al origen mismo de la confrontación, casi ni se ha tocado; antes bien, el Congreso, aupado por el Gobierno, se negó a darle vía libre a la jurisdicción agraria. La participación política ha sido reivindicada por la ciudadanía, más como un resultado natural de la desmovilización de la guerrilla que como respuesta institucional a la cerrazón democrática que todavía padecemos. El problema de las drogas sigue ahí, irresoluto, al vaivén de una guerra inútil que los Estados Unidos siguen dispuestos a librar hasta que caiga el último colombiano. Las víctimas poca reparación han tenido de las partes, la guerrilla y el Estado; miles siguen esperando el consuelo de encontrar a sus muertos y el resarcimiento por su tragedia infinita.
Las formalidades y zalamerías de la diplomacia pudieron haber dejado la sensación de que Antonio Guterres, secretario general de las Naciones Unidas se fue genuinamente satisfecho con lo que vio en su visita de conmemoración del quinto aniversario de la firma del Acuerdo de la Habana. Sin embargo, el boato de la celebración y las sonrisas de satisfacción del Gobierno, no pudieron ocultar cierta sensación de incomodidad con el ilustre visitante, al que finalmente le fue imposible no identificar fallas protuberantes en la implementación del proceso y en la consecución de los propósitos acordados.
Lo que sí queda claro es que la comunidad internacional sigue apoyando sin reatos el Acuerdo, y milita activamente a favor de garantizar su cumplimiento. La visita de Guterres y el reciente periplo del Fiscal de la Corte Penal Internacional que obligó al presidente Duque a no molestar más a la JEP, nos devuelven la esperanza de que más allá de firmar un Acuerdo, somos capaces de materializarlo para conseguir, en efecto, la paz.
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