Gonzalo Gallo


Entre los musulmanes un califa era un sucesor de Mahoma y debía estar emparentado por sangre con el profeta.
Era un cargo hereditario y de linaje del jefe supremo político y espiritual de toda la comunidad islámica.
Había una vez un califa otomano que hace siglos decidió disfrazarse para conocer mejor a sus colaboradores.
Cierto día entró vestido de empleado a unos de sus palacios y ninguno lo reconoció porque hizo creer que era sordo.
Le dieron un humilde trabajo como camarero y eso le permitía estar cerca de los más altos funcionarios.
Como es obvio, las personas juzgaban y criticaban tranquilas en su presencia confiando en esa presunta sordera.
Pero no solo hacían eso, algunos se contaban sus trampas y sus robos sin sospechar nada.
Grande fue la sorpresa y mayores los castigos el día que el califa hizo pública su estrategia y, como siempre sucede, cada cual cosechó su siembra.
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