Gonzalo Gallo


El evangelista Lucas destaca más que otros a Jesús como un gran orante que buscaba lugares solitarios:
“En aquellos días se fue a orar a un cerro y pasó toda la noche en oración”. Lucas 6,12. Ver también 9,28.
Jesús vivía en constante comunión con Dios y, a pesar de eso, oraba sin cesar, daba gracias y alababa.
Buscaba lugares apartados y calmados porque la oración meditativa pide aquietar la mente en silencio y serenidad.
¿Tú también sacas momentos del día para orar? ¿Oras con pocas palabras o con una verborrea fatigosa?
San Agustín dijo que “hablando menos, oramos mejor” porque Dios ya sabe lo que necesitamos.
Ora para hacer lo que Dios quiere, no para que Dios haga lo que quieres tú. Eso es alinearse con la voluntad divina.
La oración es una fuente de energía y de paz, es un ejercicio de amor. Ora, medita, y todo estará mejor.
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