Gonzalo Gallo


Se cuenta que hace años un sultán se hizo a la mar en Estambul y, al poco rato, se desató una gran tormenta.
Uno de los esclavos a bordo comenzó a llorar y a gemir de miedo, porque era la primera vez que subía a un barco.
Su llanto era tan insistente y prolongado que la tripulación comenzó a irritarse, y el sultán pensó en arrojarlo por la borda.
Pero su primer consejero, que era un sabio, le dijo: “No, dejadme a mí ocuparme de él. Creo que puedo curarlo”.
Entonces ordenó a unos cuantos marineros que arrojaran a aquel hombre al mar atado con una cuerda.
Ya en el agua, el pobre esclavo, totalmente aterrorizado, se puso a chillar y a debatirse frenéticamente.
Un rato después el sabio ordenó que lo izaran a bordo. Una vez en cubierta, el esclavo se tendió en un rincón en absoluto silencio.
El consejero dijo al sultán: “Los seres humanos nunca nos damos cuenta de lo afortunados que somos hasta que nuestra situación empeora”.
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