Gonzalo Gallo


A nadie le gusta ver sufrir a un niño y menos a los padres. Por eso muchos padres y madres evitan que sus hijos se frustren.
No aceptan que el dolor sea su maestro y se adelantan a sus posibles equivocaciones con una dañina sobreprotección.
Sin embargo, las buenas intenciones de los padres pueden estar abonando el camino para lograr justamente lo contrario.
“No por intentar tapar o negar emociones como la confusión, la tristeza o la ira, estas desaparecen”.
De hecho, cumplen su función, ya que hablan del deseo del niño y llegan a enseñar algo valioso.
Un niño necesita sentirse respetado, escuchado y querido, incluso en medio de la confusión, la tristeza y la ira.
Es capaz de encontrar modos de elaborar e integrar aspectos difíciles o complejos de manera sana y significativa.
Esto señala Marta Reinoso Bernuz, profesora de Estudios de Sicología y Ciencias de la Educación en España.
@gonzalogallog
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