Fanny Bernal Orozco


Fanny Bernal * fannybernalorozco@hotmail.com
Las emociones que acompañan la pérdida de un embarazo son difíciles de narrar. Está el dolor, el miedo, la rabia, la culpa, la sensación de soledad, de despojo, de fragilidad y el mundo emocional de la madre y del padre que extrañan a su hijo.
Se mueven entre personas que respetan el dolor y acompañan con discreción, también entre individuos insolentes e indiferentes que consideran que esta experiencia es un asunto al que no hay que darle mucha importancia ni trascendencia.
Vemos también algunos profesionales que hablan del ‘producto’, así sin consideración, al pie de la cama de una mamá que tiene el corazón hecho pedazos. Y, sí, muy seguramente esa sea la denominación en el mundo del profesional, sin embargo, la mamá que escucha tiene sus pensamientos y su dolor en las preguntas, en las dudas, en los miedos. Ese ‘producto’ ya tenía un nombre, un ajuar, un cuarto amoblado y decorado para él, porque seguramente era esperado con mucha ilusión y amor.
Muy pocas personas se preparan para vivir una pérdida. Cuando una pareja asume la responsabilidad de traer un hijo al mundo, lo que piensa es en la vida, en lo que va a vivir con ese nuevo ser, en los juegos, en la risa, en la ternura, en el cuidado, en el amor, en los abrazos. Para ello hace muchos preparativos: el cuarto, el nombre, sus primeros vestidos, etc. Pero pocas veces se preguntan: Y si muere, ¿qué hacemos?.
Se dan abortos que al principio no tienen ninguna explicación; mientras a los padres les viene a la cabeza infinidad de interrogantes que agudizan el dolor de la pérdida. ¿Qué faltó?, ¿quién tuvo la culpa?, ¿sería que hubo algún descuido?, ¿será que mi cuerpo no puede acunar un hijo?
Una mamá que esperaba su primer hijo no solo estaba agobiada, sentía una sensación de irrealidad. No recuerda qué pasó durante unos días, pues estuvo en cuidados intensivos y tomó muchos medicamentos. Narró lo siguiente:
“Dormía a ratos y, al despertar, siempre preguntaba ¿qué pasó con el bebé?, ¡tráiganme a mi bebé que lo quiero ver!. Yo creo que estaba enloqueciendo”.
En ocasiones como esta, se debe brindar apoyo psicológico lo más rápido posible. Algunas mujeres, a veces persuadidas por sus parejas, ponen en riesgo su salud mental cuando consideran que el tiempo todo lo cura y que no requieren de ninguna asesoría, ni acompañamiento.
Y cuando ya se está en casa y se hace el esfuerzo infinito por retomar la vida, se acercan personas que hacen inmenso daño con sus frases groseras y desobligantes:
-“Den gracias porque a ustedes no se les acabó la vida”.
-“No seas desagradecida, ¡quién sabe que le esperaba a tu hijo!”.
-“Ustedes están muy jóvenes lo pueden volver a intentar”.
-“Piensen que hubiera sido peor, si ya estuviera más crecidito”.
Acompañar en una pérdida de esta magnitud es escuchar con respeto, es validar el dolor, es tener paciencia en los cambios emocionales, es acompañar con compasión.
* Psicóloga - Docente Universidad de Manizales.
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