Fanny Bernal Orozco


Fanny Bernal Orozco* fannybernalorozco@hotmail.com
En el prefacio de La antropología de la muerte, Louis-Vincent Thomas afirma: ‘La muerte es el acontecimiento universal e irrecusable por excelencia. En efecto, lo único de lo que estamos verdaderamente seguros, aunque ignoremos el día y la hora en que ocurrirá, su por qué y el cómo, es que debemos morir’.
A pesar de esa certeza, cuando la muerte toca a la puerta, el dolor y la incertidumbre acompañan el padecimiento de los dolientes. Padecimiento que comienza a tramitarse -en gran medida- a partir de la realización de los rituales en los cuales, familia y personas cercanas, se congregan para acompañar y rendir homenaje al ser fallecido.
Si bien dichas ceremonias han ido cambiando, estas siguen teniendo toda la importancia. Permiten la expresión de emociones y sentimientos. En estos momentos el llanto y demás manifestaciones de dolor, tienen la función del desahogo, como condición esencial para rebajar la carga emocional que se origina con la muerte.
De otro lado, los rituales funerarios congregan a otras personas que vienen no solo a acompañar o a honrar la memoria, sino también a consolar. En este sentido es necesario afirmar que el apoyo que se da y se recibe durante estos ceremoniales, es un alivio y genera confianza en los dolientes.
Hoy, debido a la covid-19 y al distanciamiento social, no es permitido realizar los habituales rituales como los dolientes quisieran, para rendir el último homenaje a su ser querido. A muchas personas les ha dado gran dificultad entender que hay que cuidar a los vivos y a la vida y, por lo tanto, luego de esa despedida sin adioses, les queda la sensación de que hicieron falta los encuentros, las palabras, los abrazos, los hombros para buscar consuelo.
Para quienes han perdido un ser por estos días de la epidemia, la muerte se ha tornado mucho más triste, así como tristes y solitarias son estos funerales que se hacen al ser querido fallecido por el poco o ningún espacio de tiempo con el extinto, la ausencia obligada de la tradicional ceremonia, la soledad y, sobre todo, acompañados del miedo.
Esta conmovedora realidad avizora un camino difícil en el proceso del duelo. Al no poder proceder con los rituales de despedida y acompañamiento, los dolientes consideran que quedan faltando asuntos para cumplir con su ser querido, así entonces, surgen frustraciones, culpas, y desasosiego.
Decía un hijo de 42 años: ‘Mí papá fue excelente como ser humano, veinte días sin verlo y el final fue una llamada en la que nos informaron que murió. Así mismo, me dijeron que adelantara las vueltas pertinentes y que esperara. Es que no lo puedo creer, papá se merecía un funeral con todos los honores’.
La des-ritualización de la muerte impide dar comienzo al camino del duelo de manera adecuada. Los ritos, velaciones y ceremonias ayudan a confirmar la muerte y a verbalizar la ausencia del ser querido, a partir de lo que se narra en estos encuentros. Ante esta ineludible realidad, hay que estar atentos a cuidar la salud mental y emocional de los dolientes y a pedir ayuda si es necesario.
* Psicóloga - Profesora titular de la Universidad de Manizales.
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