Fanny Bernal Orozco


Fanny Bernal * fannybernalorozco@hotmail.com
En una conversación con jóvenes acerca de cómo se asumen los valores hoy en día, uno de ellos dijo que no era importante educar en valores, que a los hijos había que dejarlos que ellos mismos tomaran sus propias decisiones. Consideraba que la vida había que vivirla como iban apareciendo las situaciones.
Otro chico expresó que él sentía que había una crisis. Mencionó que las personas mayores -empezando por los dirigentes- no sabían nada de valores y no existían líderes competentes con quienes identificarse. Apuntó que ellos mienten, roban, fingen, maltratan y, como si eso no fuera bastante, sus egos no les permiten escuchar a los demás.
Otros más dijeron que faltaba más educación y sentido de pertenencia con el entorno cercano y el universo que nos circunda; mientras que una joven afirmó que esta sociedad carece de responsabilidad social y respeto por los otros.
Es interesante escuchar a los jóvenes y beber en las palabras de sus discusiones para darse cuenta de cómo leen el mundo que les rodea y cómo ven a algunos adultos, pues ellos -que se suponen más maduros y experimentados- son quienes realmente tendrían que tener muy en claro el lugar que ocupan en la crianza, educación y formación.
Las normas, los valores y las sanciones son los sistemas de significación social. La articulación de estas tres prácticas de manera equilibrada, permite una sociedad mejor y más humana. Cuando tales sistemas no se tienen claros o no se les da la debida importancia, aparecen los conflictos que no son otra cosa que el resultado del desconocimiento, la indolencia, la indiferencia o la mezquindad.
Recuerdo a un señor que ocupaba un alto cargo en este país, quien al verse sorprendido luego de haber cometido un delito, pidió perdón a los colombianos por su proceder y mostró así ‘su arrepentimiento’ (¿?). No obstante cabe aquí preguntarse: - ¿Qué hubiera pasado si no lo hubieran sorprendido perpetrando tal quebrantamiento de la ley?
Seguramente estuviera cobrando su sueldo y todas las prebendas propias de su cargo; también dando declaraciones en radio, prensa escrita, televisión, en contra de la corrupción y mostrándose como un adalid de la honestidad. Estas personas todo lo enmarañan y envuelven en su afán por tener y poseer, pierden los límites, se obnubilan y son capaces de llegar hasta el cinismo de expresar majaderías como:
- ‘A cualquiera le puede pasar’.
- ‘Yo no pensé que eso fuera malo’.
- ‘Todo esto se trata de una persecución política’.
- Sí otros lo hacen, ¿por qué no lo iba a hacer yo?.
- ‘Yo nunca había hecho algo así’.
- ‘Fue una trampa, me envolvieron y caí en ella’.
Se entiende, claro está, que en ese mundo de la política, los altos puestos y la burocracia, no importa lo bajo que se caiga. Es más, entre más bajo, mejores serán los puestos y cargos que ocupen en el país y -por supuesto- aún mejores los salarios y las prebendas. Tienen razón algunos jóvenes cuando mencionan su descontento, decepción y desconfianza ante tantos hechos bochornosos y, sobre todo, cuando contemplan con estupor, el ejemplo que dan estas personas a las nuevas generaciones.
Cada cierto tiempo se escucha que están haciendo reformas educativas, cambios en los programas académicos. Quitan unas asignaturas, ponen otras, ello sin estudios concienzudos ni evaluaciones profundas. 'Innovan' en asuntos que se les van antojando a los burócratas de turno.
¡Qué bueno sería también hacer reformas para fortalecer la educación en valores y virtudes, como uno de los pilares fundamentales en las tareas de humanización!.
* Psicóloga - Docente Universidad de Manizales.
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