Fanny Bernal Orozco


Hay palabras que comienzan a usarse en este país sin pensarlas mucho y sin tener consciencia de la magnitud y el poder que ellas entrañan, entre ellas está el perdón.
Hoy es su uso tan generalizado que personas que tienen alguna academia o cierta prestancia en el ámbito político, social, económico, cultural, etc., lo usan para salir a los medios, luego de haber ofendido y denigrado de los demás sin asomo de compasión o de vergüenza.
Las frases que estas personas utilizan son armas que dejan heridas que demoran en sanar y en cicatrizar, por ello, no basta con pedir perdón, esta acción por sí sola no repara, ni es un acto mágico que cicatriza.
Así que insultar, mentir y engañar son artificios y lenguajes que usan los tramposos y un tramposo no cambia por el hecho de salir a pedir perdón y ya, puesto que ello lo convierte en un acto vacío y desprovisto de sentido, sobre todo porque se hace es, para halagar a determinada audiencia, por lo cual carece de sinceridad y significado emocional.
En estas circunstancias la palabra perdonar es manoseada y explotada sin conocer siquiera su definición y menos aún los alcances que este gesto genera en el mundo interno de las personas. Quien otorga el perdón a otro ser humano, rebaja su carga emocional, cuando su acción surge de los actos de contrición, reflexión, compasión y el deseo expreso de reparar el daño ocasionado.
A propósito Robin Casarjian, en su libro Perdonar, expresa: “El perdón suele experimentarse como un sentimiento de dicha, paz, amor, y apertura del corazón, alivio, expansión, confianza, libertad, alegría y una sensación de estar haciendo lo correcto”.
Lo anterior significa que el perdón es un acto que desata los nudos emocionales que han quedado después de los agravios; por una parte es renunciar a volver a infligir daño en los demás y por otro lado, es generar la certidumbre de que se puede emprender el camino de la recuperación y de la reparación.
Es necesario aclarar que el perdón no es olvidar, por el contrario, cuando se olvida se puede caer en el juego de la repetición de la ofensa; existen historias con muchas ofensas y miles de excusas, agravios perpetuados y perdones perennes, farsas continuas a las que no se le pusieron límites, y que siguen a través del tiempo, originado dolor y sufrimiento.
Perdonar, tampoco es permitir que los pensamientos una y otra vez se ocupen en rumiar los hechos u ofensas pasados, por el contrario, parte del bienestar que produce el perdón es que alivia y transforma las emociones tóxicas que se han apoderado de la mente.
Cultivar un adecuado principio de realidad, basado en valores éticos, es una condición imprescindible para aprender a hacer lo correcto, no solo en las relaciones consigo mismo, sino con las de los demás, por lo tanto a quién le cuesta hacer lo adecuado y no le importa ni hacer uso de la ley del atajo, ni hacerle daño a los demás, difícilmente ayudará a otros a recuperar su dignidad, pues sus palabras de perdón estarán llenas de hipocresía y falsedad.
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