Efrain Castaño


Era casi anciana, pobre y enferma; la artritis avanzada le impedía el movimiento sobre todo para subir escalas y pendientes; vivía en unos bajos con piso en tierra, húmedos y fríos y a pesar de hacer muchos esfuerzos para conseguirle mejor vivienda no pudimos; vivía además con una hija que tenía parálisis parcial lo que llevaba a que su madre la cuidara con dedicación.
Dos veces a la semana se le llevaba la santa comunión, la Eucaristía, ya que ella pedía con insistencia ese hermoso regalo según sus palabras; allá a su casita íbamos con amor; era un poco lejos, había que bajar a los bajos y siempre las encontrábamos a las dos, madre e hija, disponibles para el acto, arregladas como para una fiesta en medio de sus ropas pobres, remendadas, heredadas.
Nos llamaba la atención que siempre estaba cubierto con papel periódico el piso del cuartico donde de rodillas recibían la comunión eucarística; allí junto a la camita, pues no había sala de recibo, estaban siempre como dos bellos ángeles.
Dos días especiales recordamos: el día en el cual entramos y el piso en tierra estaba al descubierto sin estar con los papeles del periódico encima; se lamentó y excusó diciendo con su dulce, débil y bella voz: “perdonen la mala presentación de nosotras y del lugar, pero es que amanecí enferma y no tuve tiempo ni fuerzas para poner el tapete y recibir dignamente a mi Amo.
No aguanté mi emoción: esos papeles eran el fino y bello tapete que ella disponía como signo externo para recibir al Señor en su casita humilde; esos papeles junto a su corazón y fe hacían de esa vivienda humilde y pobre un rico palacio.
El otro día para recordar fue similar: llegamos y no estaba el tapete; era de mañana y la hija estaba en el rincón de la cama y su saludo todo lo dijo: esta mañana murió mi madre y por eso no pusimos el tapete.
Ese papel periódico le sirvió de tapete para entrar al Cielo al encuentro de su amado amo, porque su amor era mucho.
Al otro día en su entierro le pusimos largo y bello tapete, flores y cantos, admiración e incienso; porque amó mucho a Dios, a su hija y a los demás, alcanzó la Gloria, vivió como reina, pisa tapetes de salvación y alabanza.
Estas líneas son un homenaje a ella, la hermosa viejita de un rincón de Manizales, la que ponía papel periódico de tapete para la llegada del Señor Eucaristía en su casa; era justo que en el mismo papel que ella utilizaba, este día cantáramos su obra, contáramos sus actos y hagamos ensayo de aprender su humilde y grande amor, su fe de Templo abierto, su vida de santo contenido que es para todos reto y enseñanza.
Que en el Cielo ponga esta hoja de tapete y ría viendo descrito su gesto evangélico que en forma anónima nos enseña amor a Dios y al prójimo en rasgos cotidianos, sencillos, callados.
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