Efrain Castaño


Londres tiene miedo; lágrimas han corrido por muchos rostros ante la inseguridad y la fiereza de la violencia que se mete en sus calles y avenidas.
Vale recordar hoy a un hombre que hace años sembró la esperanza en su Londres querido y que murió un día como hoy, el 14 de junio de 1936; me refiero a Gilbert Cherteston nacido en Inglaterra en 1874 en el seno de una acomodada familia londinense.
Su vida comenzó como la de muchos: infancia feliz, estudios, dudas; a los dieciocho años confiensa que era un agnóstico feroz y conoció a una mujer que llegaría a ser su esposa quien le abrió caminos de fe y esperanza y regaló felicidad a su vida; un buen matrimonio es fuente de alegría, es ámbito de vitalidad y realización.
Después de mucho divagar y buscar pide el bautismo en el catolicismo en 1922 y encuentra en sus fuentes una riqueza sin igual para sus obras literarias que son expresión de su riqueza interior forjada en la búsqueda de la verdad lejana de la indiferencia que es hoy como una peste que está invadiendo la sociedad.
Publicó novelas, ensayos, biografías, poesía, trabajos periodísticos y relatos de viajes; llegó a ser uno de los escritores británicos tan prolíficos, muy laureado; hombre de presencia corpulenta y polémica con expresión de alegría y humor.
Al ser preguntado sobre su decisión baustimal expresó: “no quiero una religión que tenga razón cuando yo también la tenga; quiero una religión que tenga razón cuando yo esté en el error”; al recibir por primera vez la Eucaristía después de una sincera confesión añadió: “ha sido la hora más feliz de mi vida”.
Cuando murió se anotó en un diario de Londres: “la literatura inglesa ha perdido el ensayista contemporáneo más importante y el mundo a uno de sus más preciosos apologistas; Inglaterra está triste después de la desaparición de Chesterton”.
Algunas notas entre sus escritos dan razón de su pensamiento: “cuando se deja de creer en Dios enseguida se cree en cualquier cosa. Quienes hablan contra la familia no saben lo que hacen porque no saben lo que deshacen... La Iglesia nos pide al entrar en ella que nos quitemos el sombrero, no la cabeza”.
Solía deciar que su vida era “una larga andadura” feliz por conocer la verdad y además que vivir era: “la aventura suprema”.
Entre miedos y esperanzas vale la pena recordar vidas que han sido luminarias en el camino de los pueblos que como este genio son orgullo de un pueblo por la rectitud de sus actitudes, sus escritos y sus ideales.
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