Efrain Castaño


En la mañana salían los pescadores y en la tarde regresaban con sus cargas de pescado fresco. Esta escena se vivía a diario en la población de Magdala, situada en la orilla oriental del lago de Tiberíades abierta para las compras y ventas a la gran llanura de Genesaret.
Allí vivía una tal María conocida por lo hermosa, sociable y de una vida alegre que para algunos sonaba a libertina. Un día oyó hablar de alguien que tenía palabras de sabiduría, que hablaba de la felicidad tan buscada por ella y que trataba bien a todos, recorría los caminos sembrando gestos de amor que hacían creíbles sus palabras.
María de Magdala quiso conocerlo, pero temía el rechazo por su mediocre reputación; alguien le contó el suceso en el cual defendió del odio de la multitud a una mujer sorprendida en adulterio y trató de convertir las piedras hirientes en panes de amor; veo que puedo acercarme a Él, dijo ella, exponerle mi vida, preguntar sobre el camino a seguir.
Un día se encontró frente a frente con Jesús y si la Samaritana afirmó que “nadie ha hablado como Él” ella pudo emitir “nadie ha amado como Él” ya que Él no solo anunciaba la Verdad sino que era la Verdad, no solo hablaba del amor sino que era el amor, no ofrecía solamente la salvación sino que Él mismo era el Salvador.
Ella comprendió todo esto y su vida experimentó una emoción superior a sus danzas, sus risas, sus abrazos pagos, sus gritos de euforia y se unió al grupo de seguidores de Jesús con quien aprendió las razones verdaderas para danzar, reír y abrazar; días después estaría gritando unida a la multitud en la entrada de Jesús a Jerusalén: “bendito el que viene, hosanna”.
Su vida cambió convirtiendo sus palabras y gestos en vehículos del verdadero y eterno amor al estilo del Maestro; del placer pasó a la valentía hasta acompañar un día al Señor junto a la cruz; ya la conocían como María Magdalena (la de Magdala). Después de la Resurrección escuchó una voz que la llamaba: “María” y sus lágrimas se convirtieron en gozo que con sonrisa y danza la llevaron al Cielo...valió la pena seguir a Jesús.
Ojalá que después de esta temible pandemia al salir a dar pasos inseguros y casi en oscuridad, con un futuro incierto pero con el amor crecido y valiente escuchemos como Magdalena la voz que energiza la vida pronunciando nuestro nombre, invitación a continuar la historia con mayor solidaridad.
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