Efrain Castaño


En momentos como los actuales de inseguridad, amenazas pandémicas y de violencia, desempleo, migraciones y encierros, obediencia de unos y anarquía de otros, cansancio y desgano, necesitamos tener en alto el arte de animar, de ser voceros de optimismo y esperanza.
Me parece que Jorge Federico Haendel, fallecido el 14 de abril de 1759 es un espejo en el cual podemos mirarnos para aprender el camino de animar a quienes nos rodean aún en medio de dificultades personales.
Haendel nació en Alemania y fue naturalizado inglés; desde pequeño asomó su fuerza musical y pronto se codeó con la grandeza del magistral Bach. Compuso 255 obras musicales en sus setenta y cuatro años de vida: óperas , conciertos, salmos, himnos, antífonas, sonatas y oratorios.
De él siempre hay que recordar su famoso oratorio “el Mesías” compuesto en dos meses de 1742; los asistentes, incluyendo el rey terminaban de pie en la parte final de su famosa obra con el vibrante Aleluya que se extiende como eco alegre que abre horizontes desde la cuna de Belén de Jesús, pasando por su vida pública, Pasión y muerte hasta la apoteosis de la Resurrección.
Esta obra nace de un corazón creyente y atrevido para presentar al mundo desde su música la presencia viva, el horizonte abierto, el optimismo posible), la animación vital para continuar enmarcando la vida en el gozo Pascual en el Aleluya (Hallel Yave: canto alegre ante Dios, estamos felices con Dios) que encierra la concisa pero expresiva palabra, puesta como estandarte para colocar en alto la fuerza de la existencia.
Hoy necesitamos animadores de la comunidad, voces de esperanza y no de odios enquistados en muchos como cáncer que corroe la esperanza; es urgente elevar los deseos de reconciliación, poner caminos posibles para la unidad, proponer en vez de oponer, ayudar como contrario de frenar, amar como nube ante el odio.
Necesitamos en cada hogar, oficina, fábrica, grupo deportivo o laboral, ámbito de salud y bienestar, comunidad de Fe, educadora y ciudadana, voces de esperanza, de apertura de caminos saludables, de posibilidades de horizontes brillantes.
Haendel murió ciego... pero regaló en su obra pirotecnia luminosa de amor, gozo y esperanza.
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