Eduardo García A.
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El 10 de abril se celebrará la primera vuelta de las elecciones francesas, en las que el joven presidente Emmanuel Macron (1977) busca reelegirse para un nuevo y último periodo de cinco años. Elegido sorpresivamente en 2017 después de hundir a los dos partidos tradicionales, el conservador y el socialista, que se alternaban en el poder desde hacía décadas, al mandatario le ha tocado uno de los periodos más difíciles de la historia reciente francesa, caracterizado por la insurrección popular de los chalecos amarillos en todo el país, la irrupción de la pandemia del c ovid y ahora el estallido de la peligrosa guerra entre Rusia y Ucrania en las puertas de Europa, que está al alcance de los misiles rusos.
La aventura del ambicioso y precoz Macron en el siglo XXI es como sacada de una novela del siglo XIX, porque tiene todas características de personajes de las grandes novelas de Balzac o Maupassant y tantos otros escritores realistas y naturalistas que relataron en sus libros el ascenso fulgurante de brillantes jóvenes provincianos que en medio de intrigas múltiples acceden al poder en los palacios dorados.
Son inolvidables el famoso Rastignac de Balzac o el Bel Ami de Maupassant, que llegaron a la capital a conquistar el poder como lo hizo Macron, quien de joven asesor del presidente François Hollande logra intrigar en los pasillos del Elíseo y triunfa en una corta campaña llena de sorpresas cinematográficas que entusiasmó a las nuevas generaciones cansadas del obsoleto mundo político reinante y crepuscular.
Se dice que el sistema presidencial francés en vigor es una monarquía republicana. Se trata de la Quinta República instaurada por el general Charles de Gaulle, quien impuso la elección directa del presidente por votación popular, dotando al ejecutivo de grandes poderes para garantizar la gobernabilidad del país, desestabilizado desde el siglo XIX por frágiles regímenes parlamentarios. El general, de gran estatura física, militar e intelectual, había sido el salvador mesiánico de Francia y quien encarnó la resistencia del país ante la invasión nazi.
Personaje de estirpe napoleónica, el general fue el padre de la patria durante dos décadas hasta que la revolución estudiantil y obrera de mayo del 68 lo obligó a dejar al poder en 1969 y a retirarse a su casa de Colombey les deux Eglises. Lo sucedieron presidentes de menos estatura hasta la llegada del otro gran patriarca François Mitterrand, quien accedió ya viejo al poder encabezando al Partido Socialista y un Programa Común de izquierdas, después de encarnizadas décadas de lucha y muchas elecciones perdidas.
De Gaulle y Mitterrand tenían la estatura de grandes jefes de Estado y reinaron en el Palacio del Elíseo rodeados de una corte que tiene muchos parecidos con las del Antiguo Régimen. Muchas de las instituciones vigentes en la actualidad fueron creadas por ese otro gran precoz provinciano que fue Napoleón Bonaparte y el Palacio actual de gobierno, El Elíseo, fue sede del mandato de Luis Napoleón Bonaparte, su sobrino, quien encabezó el próspero y hedonista Segundo Imperio, antes de la instauración definitiva de la República en 1871.
Todas las instituciones y ministerios despachan en los viejos palacios de la nobleza. Y el ejercicio del poder es muy parecido al de las intrigas que se fraguaban en las cortes monárquicas de Luis XIV o Luis XV en el Palacio de Versalles. Entre los oros y la elegancia de los palacios los cortesanos, los funcionarios republicanos, de derecha, socialistas, o de izquierda se parecen a pequeños marqueses y condes perfumados y de peluca antes quienes se inclina la servidumbre. Pero viven en el riesgo permanente con ascensos fulgurantes y trágicas caídas.
Macron, quien ama la filosofía y la literatura, además de ser buen economista y estar relacionado desde joven con los grandes poderes secretos de las finanzas, llegó al poder y desde el comienzo molestó por su actitud jupiteriana, su arrogancia y la escenificación exagerada de su reino como si se tratara de un monarca, lo que generó la molestia popular, campesina y proletaria de la insurrección de los chalecos amarillos, desactivada milagrosamente por la llegada de la pandemia en 2020. Ahora, al final del primer mandato, la pandemia ha sido desactivada por la guerra en Ucrania y lo ha salvado de nuevo.
Pero en medio de tantas y tan graves crisis, el joven presidente ha aprendido de sus errores y ha terminado por conquistar una base electoral sólida y el apoyo creciente de los grandes jerarcas políticos de la derecha moderada y la izquierda socialista, viejos exministros de otros gobiernos que sienten fascinación por el joven y día tras día le dan su apoyo, aduciendo que en medio de esta gravísima guerra en Europa, Francia debe darle continuidad a su mandato y que él es el mejor indicado para manejar la crisis.
En medio de una proliferación de candidaturas, sus adversarios están divididos, pues la derecha y la extrema derecha tiene tres candidatos de rango menor y la izquierda y los ecologistas, cinco. Todo indica que el camino está abierto para su reelección y como dijo uno de los patriarcas de la izquierda soberanista que lo apoya, el anciano estadista Jean Piere Chévènement, a él le tocará recomponer el paisaje político del país de cara al futuro, en medio de la atmósfera riesgosa de una guerra impredecible.
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