Beatriz Chaves Echeverry


Razones para vivir; privilegiados los que las tenemos. Terrible cuando se acaban y los que se suicidan ven en la muerte su única opción. Esto no debería suceder, pero sucede y siempre deja a los dolientes pensando en qué se pudo haber hecho para evitar que la persona tomara esa decisión.
En estos días yo soy una de esos dolientes. Partió una amiga de la infancia a su viaje sin retorno. No sé muy bien qué pasó, ni siquiera estoy segura de que haya sido un suicidio. Pero no hay a quién preguntar, pues su destino fue la soledad. Se fue quedando sola en el mundo; difícil de creer que esto suceda en un planeta atiborrado de gente, pero a veces pasa; primero fue su hermano, luego su papá y, hace poco más de un año su mamá. Eso ella no lo pudo soportar, el peso de tres duelos fue demasiado. Pero para mí lo más inexplicable es tratar de entender por qué una mujer linda e inteligente estaba tan sola. ¿Dónde están los hombres? Acaso están ciegos… ¿por qué nadie la vio? Tal vez si hubiera estado enamorada su destino hubiera sido diferente… o tal vez no.
Al saber de la muerte de su mamá la busqué hasta que logré que me contactara. A pesar de los años que pasamos alejadas, aún guardaba un gran cariño por ella y quise darle consuelo y algo de compañía, pero hay vacíos demasiado grandes que, aunque uno quiera, no puede llenar. También le sugerí que buscara ayuda profesional para manejar su duelo; le recomendé la psicóloga con la que yo hice terapia después de la muerte de mi esposo, pero ella no quiso. Sé que no fui la única que intentó que recibiera atención especializada para manejar su tristeza, cada vez más agobiante, pero ella no aceptó.
Cuando recibí la noticia el impacto fue muy grande, en mi angustia busqué a un sacerdote de toda mi confianza y hablé con él. Afortunadamente el padre me ayudó a hacer más llevadero el dolor por la muerte de mi amiga, pues encontré una visión mucho más misericordiosa de la que pensaba que la Iglesia tenía frente a los suicidas; el padre me recordó que Dios es amor incondicional, así que ella es una hija que volvió a casa.
Lo que me queda claro de toda esta situación es que nadie puede cambiar el destino de otra persona más que ella misma. En cuanto al aprendizaje, entendí que hay que pedir ayuda cuando uno la necesita; para eso existen los profesionales que dedican su vida a ayudar en situaciones tan difíciles como la que pasó mi amiga. Lo único que me consuela es creer que en su vida en el más allá, volverá a ver a sus seres queridos y encontrará el cariño que se le perdió en esta tierra.
Le doy gracias a Dios por tener tantas razones para estar viva; la más importante tiene 8 años y es el sol de mi vida, también está mi mamá, que alegra mi vida con su presencia y su amor, mis hermanas y hermanos, mis sobrinos y demás familia. Mis amigas, a quienes les agradezco que compartan diferentes aspectos de mi vida, unos más espirituales, otros más mundanos. Esta columna, que disfruto escribiendo y en la que trato de dar lo mejor de mí. Siento que mi vida está llena de sentido y de propósito; tengo la convicción de que éste es un colegio al que vinimos a aprender y aspiro a graduarme, así me toque repetir muchas materias. Espero estar presente en esta tierra por muchos años.
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