César Montoya


Disraeli, ya viejo, visitaba su chagra campestre en donde tenía la biblioteca. Allí, entre una arboleda de pinos verdes, arrullada la estancia por un manantial vidrioso, extasiaba los ojos y afinaba los oídos para convivir meditativamente con la naturaleza. En ese remanso estaba su mundo espiritual. La línea invisible que dejaba la saeta de los pájaros, el monótono croar de las ranas, el vapor meloso del establo, las colas zalameras de los canes, formaban un circuito de afectos que lo ruralizaban y enternecían. Atrás quedaba su empalagoso dandismo, la floritura de sus debates parlamentarios, la malla de la administración pública. Disraeli se reencontraba en la soledad de la campiña.
Se embelesaba con los libros. Cegatón y tembloroso, tanteaba los lomos, los sacudía, abría y cerraba, los sometía a lentos mimos, los arrimaba para oler el perfume añoso que en ellos dejaban las estanterías y después, sobre una poltrona, los paladeaba con avidez. Sabía que el mundo político es tramposo, recargado de venias y frases perfumadas, pero en las ausencias, hostil y farsante. Los intereses que se entrecruzan, las verdades a medias, el enredo y la zancadilla, alimentan los sórdidos programas electorales. Disraeli estaba saturado de esas miserias y por eso sus evasiones y largos silencios.
Simbólicamente ¡cuánto pesan los libros! Tanto como un gramo de aire o una onza de sonido. El libro es pregonero, espada de luz, ejerce su magisterio desde las colinas del Ida, tiene alas para remontar distancias, es agua dosificada que riega el jardín intelectual. El libro es invasor. Ingresa desmigajando prejuicios, se apodera del cerebro con ánimo de señor y dueño, endereza los sentimientos, fija senderos estéticos, moldea y entretiene con dosis de utopías. Con cuánta dificultad se escribe. Es imprescindible un aislamiento creador, un encarcelamiento voluntario para no tropezar con el ruido, posponer compromisos para gozar a plenitud el connubio con las musas.
Cualquier cosa se puede pensar sobre García Márquez como ser humano. Despegó de abajo, administró vicios, engañó damiselas, ensordinó la voz como cantante en lupanares nocturnos, le quitó la mujer a sus amigos, fue invicto fornicador. Por impotencias económicas tuvo agonías famélicas. Pero fue un genio de la pluma. No hay rincón del mundo donde no se lean sus páginas saturadas de esplendor.
El escritor pare con forceps. A Gerald Martin Gabo le confesó: “En mi caso el ser escritor es un mérito descomunal, porque soy muy bruto para escribir. He tenido que someterme a una disciplina atroz para terminar media página en ocho horas de trabajo; peleo a trompadas con cada palabra y casi siempre es ella quien sale ganando, pero soy tan testarudo que he logrado publicar cinco libros en veinte años”. Qué descaro tan cínico el de este letrado universal. Paul Auster es un afamado novelista, amén de celebérrimo rapsoda. Confiesa: “Escribía poemas muy cortos y concisos que solían llevarme meses”. Sufre quien exprime su alma. Santiago Posteguillo, partero de novelas históricas, sintetizó el vía crucis en este título: ”La sangre de los libros”.
El escritor pelea con las palabras. Estas son damiselas que no descubren fácilmente sus intimidades. Son retraídas y pretenciosas. Todas están en las pasarelas del idioma con pinche remilgón. Unas son largas con muchas sílabas, sedan y no cansan. Otras graves, con fonética militar. Las hay esdrújulas para vigorizar el eco del discurso. Aquellas son secas como el chasquido de un látigo. Ponen punto final a las dialécticas con un sí o un no, o se convierten en muros de contención. Nunca. Jamás. Las palabras hay que tomarlas como reliquias vivientes, buscarles las aristas, y saber hermanarlas para musicalizar las frases. De los socavones de los diccionarios se liberan. De allá son rescatadas para ser lucidas en los barandales de las prosas.
El libro, según Cortázar, es jaula. Su gestación es larga, tiene avances y retrocesos, es túnel con claraboya. Traslada la orquestación de sus períodos para hundirse en las intimidades del lector. Lo estruja, le abre caminos y lo carga de cogitaciones. Entrega fantasías, nutre el espíritu, acrecienta la autoestima y hace higiene mental. El libro es aromático, tiene vapor de musgo tierno. Nos habita, entra con imperio a nuestra intimidad y nos alumbra para desvanecer perplejidades. Nos carga de asombros. Es poético y pasmosamente imaginativo en García Márquez, síntesis de la humanidad en don Quijote y Sancho Panza, asombroso y críptico en Borges, o retrotrayéndonos en siglos, es imperecedero y surtidor de enseñanzas siempre vigentes en los clásicos griegos.
Eduardo García Aguilar en su columna dominical escribió un excelente ensayo sobre las bibliotecas. Él, en cierto modo, es el autor intelectual de esta página.
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