Jaime Alzate


En los países subdesarrollados, cada que nos enfrentamos a unas elecciones, que podríamos llamar semidemocráticas, el cotarro político se vuelve un sancocho que termina por revolver el ambiente normal de la vida de todos, convirtiéndose en circos que no hacen reír ni al dueño del establecimiento, y que ponen a los espectadores en tal grado de depresión que terminamos lagrimeando ante su lamentable espectáculo.
Esto no solo pasa en nuestra paradisíaca patria, pero desafortunadamente este es uno de los sitios donde estos eventos se han convertido en una tragedia, pues las discusiones han llegado a extremos que avergüenzan, por la baja calidad de léxico que utilizan en los debates, que en vez de ser ejemplos de cultura, son una sarta de insultos de bajo nivel que muy mal nos hacen quedar ante el mundo entero.
Y si a estos malos ejemplos y vulgaridades les adicionamos la corrupción que nos rodea, que compromete a personajes de las más altas alcurnias, terminamos con ganas de llorar. Esperamos que lo que debería ser un glorioso acto democrático termine lo más pronto posible, para superar esta pesadilla que aumenta a pasos agigantados nuestro volumen de bilirrubina.
Pero claro que allí no acaba la dolorosa comedia, pues cuando creíamos que los malhechores guerrilleros iban a entrar por el camino de la decencia, aparece como un monstruo fantasmagórico la revelación de los negocios de toneladas de cocaína dirigidos por uno de los los más malignos jefes de las tenebrosas bandas de traficantes, alguien que había sido honrado con un escaño en el Congreso de Colombia, y quien, con seguridad, de ciego no tiene ni un pelo, ya que en una escena como de película de Passolini lo vimos examinando con los dos ojos un billete, negociando con el cartel de Sinaloa, el más peligroso del mundo, un embarque de drogas.
A veces siento pesar de Santos, al ver cómo sus múltiples fracasos en la estéril lucha contra este flagelo lo tienen con el índice de desfavorabilidad más alto en la historia. Con el agravante de que en lugar de reaccionar contra su propia actitud, se deja llevar por su temperamento para dejarnos un país rodeado de problemas, en uno de los puestos más deshonrosos del concierto latinoamericano.
Pocos meses faltan para que Juanpa termine su segundo ciclo presidencial, y me atrevo a predecir que su retiro será lamentado por muy pocos de sus compatriotas. Poco tiempo nos queda para saber, al fin y al cabo, quiénes han sido sus mejores amigos, si es que los ha tenido.
P.D.: La libertad para el demócrata no consiste en poder decir todo lo que piensa, sino en no tener que pensar todo lo que dice.
El uso de este sitio web implica la aceptación de los Términos y Condiciones y Políticas de privacidad de LA PATRIA S.A.
Todos los Derechos Reservados D.R.A. Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción a cualquier idioma sin la autorización escrita de su titular. Reproduction in whole or in part, or translation without written permission is prohibited. All rights reserved 2015