COLPRENSA | LA PATRIA | Bogotá
Gloria Gómez lleva 30 años trabajando por los desaparecidos de Colombia. Su voz pausada relata paso a paso el camino que han recorrido en estas tres décadas para recuperar la dignidad de los cuerpos que aún están a la espera de rescatar su nombre. Pese a los avances, asegura que todavía hay una sociedad que permite que estos casos sean invisibles.
Desde la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (Asfaddes) empezó la búsqueda con los familiares de 13 jóvenes de los que dejó de saberse en Bogotá durante 1982 y que, en su mayoría, eran estudiantes de la Universidad Nacional.
La desaparición de su hermano Leonardo Gómez fue la que la motivó a unirse a esta lucha, después de que él saliera a comprar unas hojas para hacer un trabajo para la universidad y nunca más volviera a pisar su casa. De ese momento, en 1983, Gloria dice que Leonardo era un líder estudiantil de 19 años, que estuvo “soñando con una educación de calidad”.
30 años después asevera que todavía en “los cementerios municipales hay un sinnúmero de cuerpos sin identificar que no han sido exhumados y que siguen esperando rescatar su nombre, su dignidad y volver al seno de sus familias”.
Por ello, Gloria suele llevar una camiseta abarrotada de rostros, que en su espalda tiene escrita una pregunta: “¿Quién habla de los desaparecidos?”. Un interrogante que tiene su respuesta en la parte frontal: “Yo hablo de los desaparecidos”. Una réplica que, asegura, quisiera que todos contestaran de la misma forma.
“Esta memoria ha sido y seguirá siendo la única manera de volverlos a tener una y otra vez”, puntualiza. Más ahora cuando se discute el fin del conflicto armado en La Habana, de donde afirma que tiene que haber un punto específico en el que se aborde la situación de los desaparecidos. Ella dice que "detrás de cada huesito hay una historia".
Resultado de esta situación fueron varios cuadernos en los que los propios familiares recogieron datos; con estos empezaron a obtener mayor información. “No solo la que encontrábamos, sino la que recogían y nos pasaban los señores trabajadores de las funerarias, porque ellos sí fueron sensibles a esa necesidad de los familiares”, expresa Gloria.
“Escribíamos lo que veíamos de esos cuerpos, porque no había levantamientos adecuados donde se recogiera la información de la forma en la que habían sido encontrados, las características que presentaban, de la ropa, de las cicatrices que tenían sus cuerpos. Mucho menos se tenía en cuenta la carta dental”.
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