Alfonso Ramírez Gómez*
LA PATRIA|Pensilvania
//alguna vez /alguna vez tal vez / me iré sin quedarme / me iré como quien se va// Alejandra Pizarnik
El último domingo de un año presidido por tantas ausencias, día en el que la tuya también fue para siempre al círculo de amigos escritores de tu generación, título de uno de los libros que leías ese diciembre para una reseña literaria. Alonso: frecuentabas infaltable a la tertulia dominical, pero desde este día, ya sin tu voz, comenzaste a hablar por nuestras bocas.
Este año de tus seis duodécadas persiguiendo ilusiones y dejando constancia de tus búsquedas y hallazgos, fue el mismo en el que también partieron tres amigos: Jairo, paisano de tu madre; Rogelio, de nuestros abuelos; y Diego, nuestro compañero de infancia y juventud; dos poetas y un economista, en ese orden.
Ambos poetas nos trazaban senderos con picas de palabras, en la sexta década del vigésimo siglo y el economista, compañero del trompo y las canicas, La alegría de leer y las tablas del cálculo, optimismo y dolce vita; los tres, te precedieron en ese afán de irredentos viajeros que nos impulsa a ausentarnos del sistema solar.
Ambos poetas cantaron de la muerte, años ha, en diversos poemas y momentos:
Jairo, en Muerte: //CUANDO tú llegues muerte /no encontrarás nada en mí, /porque todo lo he perdido. /¡Serás entonces /sombra inútil del olvido!//. Y en Muerte es su nombre: //La igualdad /solo tiene un nombre: /muerte. /Absoluto amo /enseñó Hegel desde entonces! //.
Y Rogelio, en Pésame, reiteró la idea: //Llegué tarde a tu entierro, amigo mío /¡qué afán tenía en despedirte! /Pero tal vez mejor no verte muerto /y conservarte en el recuerdo vivo. /Llegué tarde a tu entierro y, lo más triste, /no asistirás al mío… /y tú eras, casi ya, mi último deudo! //; ambos en ese orden, cuatro meses y uno antes de la tuya.
El economista Diego, en cambio, nos visitaba alguna vez al año, disfrutaba del arte y la literatura y su poética se expresaba en el goce de la vida. No conocimos un poema suyo, pero evocando la esmeralda y el rubí de nuestros cafetales se desplazaba por el mundo en busca de mejores momentos para la encallecida mano y el sudoroso rostro de quienes, desde antes del alba y hasta entrado el crepúsculo, clavados a la tierra sostienen las laderas para que el rojo fruto continúe generando bienestar para todo compatriota. Combinando algoritmos y estadísticas nos brindaba lecciones para afrontar este seguro fin del que hablan los poetas. Pero el primer domingo del noveno mes, a 90 días de lo tuyo, se apagaron el brillo de sus ojos y su sonrisa para siempre.
A diferencia de los dos poetas, tú y el economista escogieron, para la fatal partida, ¡un domingo! y a la hora en la que los relojes juntan sus manecillas hacia el cenit y el sol traza un ecuador entre el a. m. y el p. m., como partiendo la baraja del tiempo. Tú, en el texto inédito En la muerte de un poeta, expresaste: //Recibo con lágrimas la noticia de la muerte del poeta amigo, y me acuerdo /que muchas veces respirando a su lado, escuché sus palabras cargadas de infinito. /Y era como si él entonces estuviera allá mirándome con sus pupilas de niño y su rostro /que también parecía un poema que no olvidaré nunca. (…)//.
Te cuento, amigo, por si no lo sabes: Roberto Burgos, tu colega en la cátedra y la errancia entre los libros, tras las imágenes y las ilusiones encadenadas con palabras que construyen nuevos mundos, después de recibir el premio Mincultura por Ver lo que veo, también te sucedió en el abandono de la luz de cada día. No sabemos si ya se han encontrado todos, todos los aquí mencionados, en ese albur más allá de las galaxias.
En Carpe Diem, tus amigos, casi tu familia al compartir contigo diecisiete años, alrededor de novecientas semanas y novecientas sesiones, continúan recordando tu discurso y ejercitándolo. Hilvanando las imágenes y los delirios de insignes y selectos escritores, por ti recomendados, motivan su entusiasmo por las letras, igual que sucedía allá en tu infancia, cuando empezaste a leer los paisajes e historias de este pueblo, para en tu madurez expresarlos entusiasta en tus obras.
Hoy, a 325 días desde tan larga y definitiva ausencia, del vacío en la silla que ocupabas en la tertulia de la 73 con 9.ª, de las cátedras universitarias y de Carpe Diem, te continuamos viendo y escuchando en nuestros corazones. En los siguientes versos, el escritor colombiano Jaime Alberto Vélez, en Misión de la poesía, expresa el destino que espera a los poetas (connotativo para referirnos a los creadores literarios. Quedamos advertidos.):
Un poeta muerto
suele dar nombre a un concurso literario,
a una colección de obras selectas,
a una destacada biblioteca
o a un liceo de la capital.
El enfrentamiento dialéctico dentro del continuum vida/muerte plantea la interdependencia entre estos dos procesos, de tal suerte que recíprocamente son causa y efecto el uno frente al otro. Este pueblo que te vio nacer y crecer en tus tempranos años, hoy le imprime tu nombre a este templo del conocimiento que es una biblioteca, la biblioteca pública municipal de Pensilvania. Allí han entrado a actuar más de un millar de libros, como fue tu deseo, desde el tiempo en el que aún soñabas y tu voz percibíamos. Tu esposa e hijos han cumplido este legado tuyo. Y las autoridades de este terruño, que añorabas tanto y de cuyos paisajes y acontecimientos se nutrieron tus obras, comienzan a esculpir en la memoria de la presente y futuras generaciones pensilvenses tu nombre y tu discurso. Será una biblioteca viva, a cuyo rededor surja la vida.
* Este escritor fue docente y rector del Cinoc en Pensilvania.
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