Jaime Alzate


Hay días en los que sentimos que la depresión nos ataca por todos los lados, y es muy complicado quitarse de encima ese sentimiento que, según dicen los que saben, es la principal causa de la mayoría de las enfermedades que nos aquejan, especialmente a los que ya estamos a punto de voltear la esquina.
Y aunque los motivos sean de procedencia ilimitada y las razones múltiples, tenemos que reconocer que en nuestro país existen tal cantidad de razones para sentirnos como metidos en un laberinto sin salida, tampoco nos explicamos las razones por las cuales nos califican como uno de los países más felices del mundo.
Últimamente las cosas se nos están enredando en una forma que la sonrisita de satisfacción que manteníamos pegada a la cara se ha borrado, provocando un rictus de insatisfacción como si estuviéramos aterrizando de barriga ante el cúmulo de problemas que se nos está viniendo encima.
Por fin hemos pasado una semana en más o menos calma en nuestras relaciones con los vecinos del manicomio de Maduro y sus compinches, y tal vez por eso hemos logrado respirar con alguna tranquilidad. Pero como a nosotros por cada cosa buena que nos pasa se nos revuelven una infinidad de asuntos desagradables, las noticias que nos llegan de La Habana, son cada día peores. Cómo estarán las cosas que hasta al presidente Santos se le han visto las ganas de tirar la toalla ante el decálogo de exigencias que han presentado los negociadores de la guerrilla, en los cuales no les ha faltado sino pedir que les entreguen debidamente empaquetado el país, como hacen con la coca, con instituciones y todo. Lo único bueno fue la solicitud que hicieron de que les entregáramos las cámaras actuales, pero con la condición de que ellos escogieran una nueva, integrada por ellos mismos. Lástima que no pidieran expresamente que les entregáramos el Congreso completo. Con seguridad esto hubiera sido aceptado por la inmensa mayoría de los colombianos, y así nos hubiéramos quitado alguna parte del dolor de cabeza que nos tiene tan aburridos.
Y como las malas no vienen solas, me voy a dar el lujo de comentar la desgracia que nos azota con la graves crisis y el comportamiento, no solamente dudoso sino muchas veces aberrante, del poder judicial, que en otras épocas era totalmente impoluto, lo que lo convertía en el órgano más respetado del Estado, tanto por la dignidad con que sus integrantes ejercían sus funciones, como por la honradez y la prestancia de los miembros de las cortes, a quienes nunca se les pasó por la mente la politiquería, ni la deshonestidad, ni mucho menos irse de paseo en cruceros de lujo acompañados en patota de su íntimos amigos, financiada por el Estado, en lugar de cumplir con las más elementales obligaciones que se imponen cuando la inseguridad y la impunidad nos agobian por todas partes.
Tenemos que reconocer que el actual gobierno ha tenido cosas buenas, porque es imposible que todo sea malo, pero el panorama, a un corto año de elecciones presidenciales, no se ve nada claro.
El doctor Santos se encuentra metido en una encrucijada tan complicada, que las encuestas, hasta el momento, dan unos resultados bastante desfavorables a sus aspiraciones, y no solamente se le puede embolatar la reelección, sino que está tambaleando su segunda mayor ambición, como es el premio Nobel de paz.
Finalmente, hablando de asuntos regionales, hemos estado de malas con lo que le ha sucedido al gobernador de Caldas. Si bien es cierto que va a ser difícil saber lo que se conversó, o las promesas que se hicieron entre los integrantes del conciliábulo cuando se nombró como candidato al doctor Guido, la verdad es que durante su gobierno vivimos un lapso de relativa tranquilidad, que en algo nos compensó el tormentoso período del doctor Aristizábal.
Es una lástima que la anulación de su elección no solo volvió a revolver la politiquería, sino que ya han pasado dos meses y todavía estamos viendo un chispero. No sabemos quién va a ser el nuevo mandatario, lo que no hace sino echarle más candela al fuego en un departamento que a pesar que en algo ha aliviado su situación económica, todavía tiene problemas en cuya solución tenemos que contar con los estamentos privados, públicos y políticos si no queremos volver a coger el farolito que tanto daño nos ha ocasionado. Todos los estamentos representativos del departamento ya deberían haber armado una protesta con harto ruido, para que no sigamos perdiendo la importancia que un día nos dimos el orgullo de ostentar.
P.D.: Lo triste no es ir al cementerio. Lo triste es tener que quedarse.
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