Luis Prieto


Ha muerto un gran señor y un amigo sin par.
El fallecimiento de Mario Calderón Rivera significa la pérdida de uno de los últimos varones sobrevivientes de una generación de oro que tuvo Manizales en la segunda mitad del siglo veinte. Una generación que le inyectó a esta ciudad y al Departamento de Caldas una dinámica formidable en todos los aspectos de la vida ciudadana.
El desarrollo industrial, la cultura, los deportes y las artes tuvieron un auge nunca antes visto. Pero más importante, fue el talante, el señorío, la elegancia y la personalidad que distinguieron a sus integrantes en el panorama nacional.
Mario Calderón fue uno de los más sobresalientes de este baluarte excepcional. Portaba todas las virtudes y todos los valores que adornan a los grande señores que surgen de pronto en una sociedad, que no se repiten sino muy de vez en cuando, para crear momentos estelares como los tuvo Manizales durante aquellas décadas del siglo pasado.
Mario Calderón era un abogado imberbe cuando ya era secretario del consejo de ministros durante la presidencia de Alberto Lleras Camargo. En ese entonces, siendo Virgilio Barco Ministro de Obras Públicas, se llevó a cabo un genocidio ferroviario no visto en parte alguna. Ordenó levantar los rieles del ferrocarril extendidos en el mapa colombiano, un inmenso logro que le había costado al país una gran cantidad de dinero y el esfuerzo mancomunado de varias generaciones. La razón, que este sistema vial no podía competir con las carreteras y los vehículos automotores. Hoy se piensa lo contrario.
Lo concerniente al ferrocarril de Caldas fue extraordinario. Las gentes de Manizales, sorprendidas una mañana con esta aberración, salieron a las calles y plazas a protestar enfurecidas. Los directores de este movimiento regional exigieron a todos los caldenses ocupando puestos públicos nacionales, renunciar inmediatamente.
El primero en acatar esta exigencia de su tierra fue Mario Calderón, quien viajó ese mismo día a Manizales para unirse a esta sentida protesta, así se jugara un porvenir que se anunciaba brillante.
Ya en Manizales, y apaciguada la protesta, Calderón fue nombrado secretario de Hacienda del Departamento. Y en su calidad de tal, miembro de la junta directiva de la Industria Licorera. Allí lo conoció un grande industrial de Caldas, Eduardo Gómez Arrubla, quien de inmediato adivinó las dotes extraordinarias de Mario Calderón y obrando en consecuencia lo invitó para que lo acompañara a fundar una gran empresa industrial que tenía en mente. Así fue como Mario Calderón se inició en la vida empresarial desde su primera juventud, como presidente de lo que hoy es Incolma, excelente productora y exportadora de herramientas para el agro.
Por esas calendas se vivía en Manizales lo que podría llamarse una revolución industrial, promovida por un grupo de gentes jóvenes convencidas de que solo así la ciudad y el departamento creaban riqueza y empleos. Para garantizar la persistencia eterna de este proceso se fundó, a brazo partido, la Corporación Financiera de Caldas. Se contaba con generosos créditos del Banco Mundial que permitieron expandir y fundar muchas empresas.
Se requería en su administración personas de envergadura e inteligencia. Se trataba de extender créditos e inversiones moviendo grandes capitales sorteando riesgos inherentes. Esa persona era Mario Calderón. Con su incorporación, la Corporación transitó exitosamente sus primeros años con éxito.
El prestigio de Calderón ya corría de boca en boca y así fue como el Banco Interamericano, también recién fundado, lo requirió para su departamento jurídico en Washington. Pero a los pocos años la Corporación Financiera lo necesitó nuevamente, con urgencia, y Mario Calderón regresó a Manizales.
También el presidente de Colombia López Michelsen lo comprometió para la presidencia del Banco Central Hipotecario. Allí estuvo durante dos períodos, de un recuerdo inolvidable. Fue el líder ansiado para dotar de vivienda a la clase media, que apenas asomaba.
La política le encantaba. Era un contertulio académico de maravilla. Su pasión, el laureanismo. Álvaro Gómez su gran amigo. Por eso y por su gran prestigio, fue nombrado ministro de Estado cuando este sector del Partido Conservador apoyaba al gobierno liberal de entonces. Pero en ese momento el apoyo se retiró y Calderón no aceptó posesionarse.
El gobierno de Gaviria quería un embajador culto para Grecia. No vaciló. Era Mario Calderón. Con esta embajada terminó su larga vida de actividad pública. Regresó a su casa de campo cerca de Manizales que le permitió aceptar la dirección de la Cámara de Comercio de su ciudad hasta que su salud le permitió.
Durante todo ese extenso y brillante periplo, su bella esposa fue su estrella de Belén. Sus cenizas sumadas reposan en el jardín perennemente florecido de su residencia campestre en Manizales.
Allí descansa un gran señor y un amigo sin par.
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