Pedro Felipe Hoyos Körbel


Cuando la gente lee los periódicos por Internet, estos lectores tienen la posibilidad de comentar los diferentes textos publicados. Acerca de mi columna de hace un mes "Dominio de Clases en la Ciudad colombiana" leí por ese conducto unos comentarios que me dejaron perplejo. Un paciente lector, sobre mi texto acerca de la amenaza que sufre el sistema democrático de parte de inescrupulosos empresarios, con indignación manifestó: "…aquí no funcionan ni la procuraduría, ni la contraloría ni veeduría ni nada ¿Por qué? Porque si cumplen con su función los echan y como son gente que necesitan el puestico entonces no joden, y se hacen los güe…, entonces mi querido columnista las cosas van a seguir así por mucho tiempo". Y otro, en un tono menos exaltado, comentaba: "Qué buena columna; ¿pero qué hacer? Que no sea solo un escrito, ¿cómo cambiar ese estado de cosas?".
Me quedé con la impresión que estos dos interesados lectores y los mismos empresarios corruptos de que trataba la columna, desconocen teóricamente y, por supuesto, prácticamente la democracia como sistema político. Los unos no tienen fe en ella porque no la ven funcionar debidamente y los empresarios ignorarán el impacto negativo que tienen sus negocios en la sociedad a pesar de que de alguna manera activan la economía engendrando empleos y cosas así.
Denoto una gran confusión desde el conocimiento acerca de este tema de vital importancia ciudadana. ¿Dónde encontrará el lector primero la fe en los aparatos de control del Estado? Ya que ha dejado de buscarla en el lugar adecuado. ¿No sabrán estos glosadores oportunos de columnas que la democracia es una actitud, un manera de vida que debe asumir cada uno de los ciudadanos y ciudadanas? Que cada ciudadano tiene el deber de defenderla, responsabilidad que no se debe transferir del todo a otro. ¿Y no entienden los empresarios que la democracia se da cuando una economía libre; una sociedad emancipada y reconocedora de los derechos de cada uno de sus habitantes y el sistema político logra una concordancia, y están alineados como astros? El soborno y los acuerdos antiéticos logran una situación monopolística totalmente ajena a la democracia y muy acorde a las dictaduras donde el jefe de estado se enriquece enormemente, como se vio ahora patentemente con la fortuna de los Chávez. Quiero anotar que el segundo comentario denota una voz confundida en búsqueda de seguridad y respuestas contundentes, a mi parecer presa fácil de una posible e inteligente demagogia, que a la final igualmente destruye, desde adentro, nuestro sistema político que recién cumplió doscientos años de haber iniciado su tortuoso recorrido. Pide este lector que dé la palabra, la idea, se trascienda a los hechos, que se pase de quejas y críticas al anhelado cambio. Estos interrogantes algo desesperados usualmente los responden los movimientos radicales que por supuesto recogen las emociones dejando de lado el análisis de los hechos y sus respuestas y se presentan cuando una democracia deja de existir porque la convirtieron en una dictadura. La historia está plagada de estos ejemplos.
Creo difícil que un sistema político como la democracia peleche en este tipo de entorno. La democracia es el gobierno de la gente por la gente; ¿pero con gente tan desorientada que respaldo efectivo puede tener la democracia en nuestro país? ¿No queda demasiado espacio para que los vivos se alcen con todo? Diría que esta gente, estos ciudadanos que pretendo entender, son enfermos en búsqueda de un médico. Ignoro cuánto tiempo resistan a esa infección, pero si sé que vemos a cada rato en casi todos los ámbitos los síntomas de una democracia débil y palúdica. Creo que en Colombia nos falta más teoría que práctica democrática, pues la primera es desconocida por la gente. Por ejemplo, se ha acostumbrado al país a pretender ser democrático a través de un carnaval electoral depositando en ese solo acto toda la participación del pueblo en los designios de gobierno. Elecciones son solo una parte de los ingredientes de este, en sí, suculento plato.
Es hora que el gobierno, el Estado y la nación reflexionen sobre su decrépito estado de salud y decidan las urgentes soluciones, porque los ideales que se han jurado defender están en riesgo. La pregunta es sencilla: ¿qué nos falta para poder vivir democráticamente? Las reformas políticas y las constituyentes no tiene sentido o razón hasta que no se haga este otro importantísimo ejercicio.
P.D.: Recomiendo para el ciudadano interesado en perpetuar a la democracia, a través de la perfección, retome la lectura de ese gran manual: "La Democracia en América" del decimonónico autor francés Alexis de Tocqueville.
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