Efrain Castaño


Llegué a casa y confieso que un poco cansado me tiré a la cama, mejor aún me derrumbé; confieso que no era el cansancio físico sino el desinfle total del ánimo, el desgano para seguir; me acordé de Camús cuando anota que "seguir a veces es casi sobrehumano"; me aferré al lecho, no quería levantarme más, cerré los ojos y preferí no volver a abrirlos nunca más; ni ver, ni oír, ni hablar, ni palpar... ojalá morir.
Sentí por dentro un desgano fatal, un cansancio de ver y oír tanto crimen, mutuas acusaciones, muertes violentas desde la niñez inocente hasta la vejez cargada de méritos; que la Iglesia tiene la culpa aquí y allá, que se denuncia hoy pero se disculpa mañana, ya no importa lo bello, bueno y verdadero sino lo gustoso, placentero, enriquecedor, famoso, brillante, idolátrico, violento.
Vivimos más pendientes de modas y medidas, de goles y balas, de chuzadas y mermeladas que del que muere de hambre, el que no puede salir de su pobreza, el que muere sin poder alcanzar en tiempo oportuno la medicina necesaria, la que es explotada desde niña como mercancía de placer, la que es maltratada y abandonada por quienes tienen más de reproductores que de hombres.
Aún tenía pegado a mi ropa el olor de la marihuana del parque que inunda a quienes empiezan a vivir y que se despeñarán en el abismo; todavía estaba en mi retina el espectáculo del borracho, el matón, el asaltante, el asesino.
Algo dentro de mí gritaba: levantarme, no; continuar, jamás; parar, ya; era ver lo grande, corrupto, lo pequeño enfermo y atascado, lo sembrado pisoteado, lo crecido cortado, lo brotado pisoteado.
Me silencié todo, no quería nada; de repente escuché rompiendo el aire los ecos de las campanas de un templo llamando a oración; el trino cercano de un pequeño pájaro parecía el sonido melódico del más musical instrumento; era tal vez la hora de salida del colegio y oí los gritos y risas de niños y jóvenes que ponían pinceladas de alegría en el gris escenario de mis cansancios.
Me acordé de lo que en mi lejana infancia me enseñó el amigo instructor de educación física cuando me indicó que de atleta o de ciclista, actividades queridas, hacía falta el momento llamado del "segundo aire", es decir del llamar la fuerza última agazapada dentro de mí, invitarla a impulsar el resto del camino, la vía, la pista y respirando fuerte, llenando los pulmones de aire nuevo, tener el último impulso para llegar, acabar, pisar la meta y tal vez ganar.
Recordé a Jesús de Nazaret diciendo con voz clara: "soy Yo, no tengas miedo" y sentí nueva fuerza, valentía e impulso; pronto estaba de pie recordando que hay mucho por hacer, mucha gente buena con quien trabajar, mucho campo para sembrar de bien... tomé mi segundo aire. Es el drama de la vida que desde la luz de la Fe adquiere confianza, fuerza, ganas y vida; seguir es lo indicado.
El uso de este sitio web implica la aceptación de los Términos y Condiciones y Políticas de privacidad de LA PATRIA S.A.
Todos los Derechos Reservados D.R.A. Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción a cualquier idioma sin la autorización escrita de su titular. Reproduction in whole or in part, or translation without written permission is prohibited. All rights reserved 2015