Fanny Bernal Orozco


Hace miles de años, en una comarca más allá de los mares del Norte, se hallaba un rico comerciante de nombre Abdul, que vivía enamorado de Sara, una joven y bella muchacha, 22 años más joven que él, con la que vivía y compartía una casa plena de alegría y prosperidad. Como quiera que por causa de sus transacciones tenía que desplazarse, durante largos períodos de tiempo, a países lejanos, había encomendado a su fiel criado Malik la protección y vigilancia de su esposa, mientras durase su ausencia. Un día, recién llegado de un viaje por los mares de Sur y sintiendo su corazón pleno de deseo por reencontrarse con su amada, vio cómo se aproximaba su fiel criado Malik que corriendo a su encuentro le dijo turbado:
-Vuestra esposa señor, está actuando sospechosamente. En sus aposentos tiene un enorme cofre que, según afirma, perteneció a su abuela. Y observo que se trata de un cajón suficientemente grande como para esconder a un hombre. Tal vez, en él solo haya unos bordados antiguos, sin embargo creo que ahora debe haber mucho más en él... Ella no permite, que yo vuestro más antiguo y fiel criado, averigüe qué hay realmente en su interior.
Abdul, visiblemente contrariado se dirigió a los aposentos de Sara y señalando el enorme cofre le dijo:
-Sara: ¿Qué guardas en su interior?
A lo que ella respondió:
-¿Me lo preguntas por las sospechas que puede haberte transmitido tu criado o porque no confías realmente en mí?
A lo que Abdul respondió: -¿No sería más fácil que abrieras el cofre, sin entrar en suposiciones?
-No creo que sea posible, argumentó Sara. -¿Está cerrado? -Preguntó Abdul. -Sí -Dijo ella.
-¿Y dónde está la llave? -Preguntó él. -Ella la mostró y le dijo: -Despide a Malik y te la entregaré. Tras una deliberación, el sirviente fue despedido por Abdul. Aquella tarde, Sara entregó la llave y se retiró obviamente perturbada. Abdul, antes de ordenar abrir el cofre y, sabiendo del poder de sus propias creencias internas, se retiró a meditar y reflexionar hasta que, finalmente, llamó a cuatro de sus jardineros, ordenó transportar el cofre a un lugar distante y, sin abrirlo, mandó enterrarlo. El asunto nunca más fue mencionado.
Desde entonces se dice que el sabio: Decide lo que quiere que ocurra, sembrando en el interior de su propio corazón.
Tomado de: www.escuelatranspersonal.com
Tanto sospechar de alguien, como tenerle confianza, son dos actitudes que tienen un peso emocional fuerte. Al confiar se deposita parte de la historia personal en otra persona y se abre la puerta a muchas experiencias que al compartirse, ya no son tan íntimas, ni personales. Esta actitud es una especie de permiso que provoca desde opiniones, consejos, observaciones, así como también señalamientos. Algunas personas asumen estas conductas ya que consideran que tienen derechos, y se meten al mundo de los otros sin consideración, más que amigos, compañeros, o pareja, se convierten en invasores que creen que todo lo pueden controlar y vigilar.
Sentirse vigilado o expiado, produce inquietud y estrés, en realidad no es algo que se disfrute, es un asunto que además de cansar, deteriora cualquier tipo de relación. Mientras tanto el que vigila, es como un guionista de cine, crea muchas películas, se las cree y sufre anticipando finales que la mayoría de las veces nunca van a suceder.
Mientras tanto la persona que confía en otra, deposita confidencias y secretos, que al ser contados dejan de serlo y se corre el riesgo de que un día por cualquier motivo el celo con el cual se guardó y contó una vivencia personal sea conocida por mucha gente, con las consabidas consecuencias que esto acarrea en el plano emocional.
La persona que desconfía y espía, deja desbordar sus emociones con facilidad, le cuesta autorregularse, responde de manera reactiva ante cualquier suceso y se esconde en su rabia o mal genio, con tal de no asumir su irrespeto e indolencia frente a los otros seres humanos.
En la historia de hoy, cada personaje tiene una actitud diferente, mientras el marido se va a trabajar, la esposa asume conductas que son sospechosas para el criado, quién además lo que ve, lo interpreta y lo juzga sin reflexión. Llama la atención el comportamiento del esposo que no se deja llevar por la intriga y toma una decisión que puede ser vista como inadecuada, para la mayoría de las personas en su racional actitud.
-¿A propósito usted que hubiera hecho? -¿Despide al criado y abre el cofre? -¿Echa a la esposa, al criado y abre el cofre? -¿Tira a la calle, llave, cofre, criado y esposa?
O quizás asume que cada ser humano es libre de tener la llave de sus secretos, y que éstos están por encima de cualquier tipo de relación, cuando se conjuga en tiempo presente y desde muy adentro el verbo respetar. -¿Cuál entonces, es la actitud más sana?
*Psicóloga
Profesora Titular Universidad de Manizales
fannybernalorozco@hotmail.com
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