Pedro Felipe Hoyos Körbel


Como disciplina del saber, la historia ha tenido en Colombia un devenir algo curioso. Esto se debe a que la creación de una carrera universitaria que se encargue de este tema surgió apenas muy entrada la segunda parte del siglo XX. A la vez esto no implica que no tengamos una historiografía más antigua, todo lo contrario, este vacío lo suplió y sigue supliendo la historiografía empírica, tanto que la corriente de historiógrafos empíricos se viene definiendo como una escuela autónoma y autóctona. El empirismo histórico se nutre de los aficionados a la historia que por medio autodidacta se hacen a un saber histórico; estos diletantes pueden ser profesionales en otros temas o ser simples curiosos. Por supuesto que hay roces entre las escuelas históricas respaldadas por los claustros universitarios y los empíricos. En mi parecer el historiador, sin importar en qué bando esté afiliado, adquiere relieve y es útil, siempre y cuando logre asimilar un gran bagaje conceptual, dejando muy de lado la discusión acerca de las metodologías. Dice el proverbio que muchos caminos conducen a Roma, es entonces de celebrar la multiplicidad de rutas a tomar. Como empírico, atento al entender de la gente, poco interesado en una narcisa dinámica académica, defino y proyecto la razón de ser de la historia de la siguiente manera:
La historia es una de las disciplinas del raciocinio que le ayudan al hombre a conocerse, a saber de sí, porque es innata su tendencia a explicarse el mundo que lo rodea y en especial entenderse a sí mismo.
Es importante recalcar que el saber histórico no existe por sí mismo, sino comprende varias finalidades. Las más importantes son crear conciencia, afianzar identidad y proponer proyección. Ninguna sociedad humana puede desarrollarse felizmente, ser fuerte y resistir los embates externos como internos, sin estos tres elementos.
Si una sociedad no tiene conciencia, o sea no sabe de sí misma, está sujeta a ser absorbida, manipulada o tal vez de ser esclavizada. Si una sociedad no tiene identidad, es ésta una sociedad sin alma y sin valores. Y si esta sociedad, no tiene proyección, basada en su saber histórico, no tiene futuro. Cualquier tarea que emprenda estará condenada a fracasar o de tener una muy corta vigencia, porque no es la continuación armónica de un todo, sino es producto de una idea suelta, carente de raíces.
La historia es entonces el primer trayecto que debe recorrer el hombre para dar con su ubicación, o sea conciencia, y así contactar su idiosincrasia, o sea su identidad, para con base a estos dos puntos anteriores poder trazar su futuro. Una sociedad que no tiene como tarea primordial la de "saber" su historia, simplemente no es una sociedad y estará condenada a sufrir la infelicidad de un gran número de sus miembros, viviendo sin sentido. No basta con que existan en Manizales algunos expertos en historia; que nominalmente exista una Academia Caldense de Historia y un centenario Centro de Estudios Históricos; que la Universidad de Caldas ofrezca una carrera con ese nombre, hace falta que los manizaleños, todos, conozcan su historia, y esto se logra con un pensum escolar amplio y justo que se refiera ella. Somos una sociedad disfuncional, porque no nos hemos puesto atención a nosotros mismos, somos unos necios absorbidos por unas tecnologías y azuzados por un afán de lucro inusual.
Los colegios tienen autonomía para elaborar sus planes de estudio, está en manos de ellos reforzar suficientemente el tema histórico para formar ciudadanos capaces de enfrentar el amenazante futuro típico de un país tercermundista. ¿Cuál es el punto de partida de un joven manizaleño desde el cual emprenderá la conquista del mundo y realizar su plan de vida? ¿Un rimbombante apellido, o un padre adinerado suplirán la capacidad intelectual de poder explicarse el mundo y saber el punto en el cual se halla? Da grima ver cómo estos jóvenes que son lanzados dizque a adueñarse del mundo y labrarse un futuro una vez terminan su bachillerato, finalmente con sus insuficientes pertrechos intelectuales solo logran engrosar las huestes de los vencidos y los timoratos.
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