Luis Prieto


El fútbol es la pasión mundial. Para todos los países, con pocas excepciones, su posición en el ranking mundial de este agresivo deporte tiene más significado que cualquier otra distinción universal. Las competencias para la ubicación en el concierto mundial hacen vibrar, con vigor único, a todas las gentes, infantes, adultos, ancianos, hombres, mujeres y a todas las versiones sexuales hasta ahora identificadas. Nada es más importante en el discurrir de sus vidas.
Colombia está lejos de ser una excepción. Lleva años consigo, años incontables, luchando por ser alguien en este mundo desafiante, aguerrido, sin contemplaciones, estrictamente reglamentado, y noble a su manera. No ha tenido mucha suerte. Aunque la palabra suerte no le atañe. La verdad verdadera es que ese anonimato hay que atribuirlo a sus fundamentos, directores que no han tenido ni la inteligencia ni la capacidad para entender a fondo lo que significa este patriótico desafío.
Formar un conjunto humano que pueda sacar adelante el nombre colombiano con honores, no es cosa de un día. Se requieren generaciones inculcadas de disciplinas físicas y de una inteligencia progresiva. El importar jugadores para exhibir el nombre nacional no tiene el sentido de orgullo que los triunfos en este deporte producen.
La creación nacional de estos gladiadores debiera ser la mira colectiva. El más auténtico representante de este pensamiento es la República Argentina. El fútbol argentino es la bandera más simbólica de su identidad. Su nombre no tiene linderos en el mundo conocido. De su orgullo patrio viene el talante de sus habitantes, generosos y amables como nadie en su tierra, y altivos y vanidosos en el exterior.
Allí ha tenido que acudir Colombia para salir de su oscuridad. Los fracasos conocidos, han apuntado por fin a un director técnico argentino, José Pékerman, un caballero y un filósofo. Dirigir fútbol para él, es algo infinitamente más noble que enseñar a dar patadas a un balón.
Desde que se le entregó la Selección colombiana, ya bastante aporreada, para llevarla al campeonato mundial próximo en Brasil, el señor Pékerman solo ha tenido éxitos y un silencio profundo. Un silencio misterioso que rompió recientemente ante insistentes periodistas colombianos.
Para este eminente profesor del fútbol mundial, Colombia clasificará para jugar esta justa del balompié en Brasil, así su selección hubo que rescatarla del abismo profundo donde mueren todas las esperanzas. Requiere primero que todo, dice a los interlocutores, que la selección sea protegida por toda la nación. Es como decir que el fútbol es un programa de Estado. Que el fútbol es serio y que la venta de jugadores al exterior no es buena ya que de las divisiones inferiores debe nutrirse el seleccionado nacional.
Para este profesor es decisivo que la pasión por el fútbol invada todos los rincones de la patria y acompañe a sus jugadores en las buenas y en las malas. Una inmensa pasión que ilumine el corazón y la garra del vencedor.
La calidad del futbolista colombiano la considera igual e inclusive mejor que la del argentino, pero se necesita trabajar su mente, la inteligencia, la táctica y el concepto del ordenamiento.
Colombia tiene muchos años de practicar el fútbol, y de producir campeones que han colmado de emociones a conjuntos internacionales. Sin embargo, Colombia no ha progresado. Sus dirigentes han sido más bien unos negociantes y vendedores al exterior de los jugadores que sobresalen, la mayor de las veces por sus propios medios. Carecen de la pasión y el sentido de patria. No tienen consideración alguna con los jugadores a su cargo. Los tratan como un trapo y los envían a competir con tres o más meses de sueldos atrasados. Qué llama puede surgir que aliente una pasión por su equipo o por la tierra que representa, cuando se enfrentan muertos de hambre a una contienda futbolera.
Manizales ha tenido una tradición de fútbol, grande. Pocos como el suscrito tienen años acumulados para recordar por ejemplo a Pablín, José Pablo Escobar, miembro de la alta sociedad, jugador sin par, cuando se jugaba en un campo de tierra aledaño, en ese entonces, al hipódromo de la cuidad. Más adelante a los dos equipos profesionales de Manizales sostenidos por dos mecenas inolvidables, Carlos Gómez Escobar y Eduardo Gómez Arrubla, que luego unidos en uno solo, le dieron a esta tierra el campeonato nacional.
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