Efrain Castaño


Entre sus más de 300 novelas y dramas, el gran escritor francés Alejandro Dumas jamás pensó que dos de sus obras le darían fama mundial: "el conde de montecristo" y "los tres mosqueteros". Estos fueron presentados como defensores del pueblo, contribuyentes a la mejor marcha de su nación.
Nuestro buen periodista Orlando Cadavid escribió hace algunos años en este mismo querido diario una columna titulada "mosqueteros" refiriéndose a la partida definitiva tras la muertes de personajes considerados benéficos, defensores, impulsores en su época: los presbíteros Adolfo Hoyos, Francisco Giraldo, Esteban Arango y Rodrigo López.
Haciendo eco a su positiva visión creo que no es equívoco hablar de unos nuevos "mosqueteros" en nuestro entorno y sociedad, continuando con resaltar vidas valiosas, luchadoras, buenas, impulsoras de la vida que emitieron múltiples luces como el fino diamante que irradia belleza en rayos de admirable hermosura.
En el segundo semestre del año 2013 nuestra sociedad vio desfilar cuatro vidas que emitieron en sus jornadas cotidianas con el matiz del silencio y la sencillez, con la iluminación de Jesús de Nazaret a quien consagraron su existencia, aportes de luz, amor, animación existencial.
Para Dumas eran tres los mosqueteros al servicio de la buena causa social a los cuales se unió quien era como manager y apoyo; llegaron a ser cuatro; son también cuatro los mosqueteros de buena acción y magnífico recuerdo para nosotros hoy: Monseñor Fabio Sánchez Cardona, Monseñor Camilo Arbeláez, el canónigo Alberto Elías Jaramillo y el Padre Josué Soto.
Cuando se grita a todo lado que la Fe es alienante, que paraliza, que acomoda, qué bueno es resaltar estas cuatro vidas que desde el Evangelio son fuerza, iluminación, estímulo para el bien, caudal de buenas obras.
Monseñor Fabio Sánchez a quien le faltaron dos meses para cumplir sus 100 años de vida, era admirable por su lucidez mental, su amabilidad constante, su optimismo; acercarse a él era beber de un sereno y límpido riachuelo y saciar la sed de conocer y seguir; amaba con limpieza de viento veraniego al niño, joven, al enfermo, al intelectual inquieto; escribiendo, hablando, predicando, celebrando y hasta caminando fue un mensaje bello y puro.
Monseñor Camilo Arbeláez Guzmán desde joven penetró con su simpatía en todas partes donde estuvo: Parroquias, el Sena, el economato de la arquidiócesis, el diario conversar; supo dar el Evangelio expresado bellamente con el apoyo de autores de ayer y de hoy que en la literatura hacen más inteligible el amor divino.
El canónigo Alberto Elías Jaramillo Gómez era voz fuerte y precisa, cálida y abierta; en él, el Evangelio tenía sonrisa, proyección social, cercanía con el enfermo y el pobre.
El Padre Josué Soto Giraldo fue estampida para despertar, animación para proseguir, creatividad para llamar al redil divino, sinceridad para aplaudir o rechazar; fuerte como su amor por Cristo hasta el final.
Gracias por su buena lid, mosqueteros de Dios.
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