Fanny Bernal Orozco


Los maestros que no enseñan
Ellos eran la clase de maestros que no vinieron a este mundo a enseñar, ese no fue su trabajo, ni su meta. Sin embargo en sus diarios y continuos quehaceres, fueron dejando huellas y lecciones imborrables en cada uno de los hijos: gratitud, generosidad, sensibilidad, ternura.
Mi madre murió hace años en el mes de las madres y mi padre en el de los padres y aunque son estas fechas comerciales y consumistas, no deja de ser conmovedor saber que ya no hay con quien compartir momentos que son significativos. Por ello y como parte de esas tareas que se viven en los duelos, honrar la memoria es un pretexto para el recuerdo y la evocación.
Ma’, era una mujer trabajadora, tenía manos maravillosas, una caricia de ella era capaz de conjurar cualquier dolor, tejía, bordaba, sembraba, abonaba, remendaba y en esa tarea no le importaba que el resultado tuviera los colores del arco iris.
Ma’, a través de sus manos mágicas, el dinero le rendía, siempre había abundante comida para todo el que llegaba, familia y amigos, además tenía fama de que lo sabía hacer muy bien. Todo lo de la casa, ella lo hacía, era una trabajadora incansable, en ella nunca conocimos la pereza.
Sabía lo que sucedía en la vida íntima y doméstica desde dónde faltaba un botón, hasta el menor desorden, era impecable en los asuntos relacionados con la responsabilidad e impartía una recia disciplina, no se le podía contrariar y menos aún negociar, pues ella era de extremos no admitía la ambigüedad.
Los vecinos siempre hablaban de su generosidad, y buen trato para con los demás, a cualquier hora salía de la casa a inyectar un enfermo, a bañar, a cuidar, a arreglar e inclusive a acompañar en los últimos momentos… A mi ma’, una enfermedad le transformó y perturbó la vida, a una edad en la que le faltaba mucho por vivir y por hacer, después de un doloroso tratamiento quirúrgico su manera de vivir dio un giro del que nunca retornó.
Ni pa’, ni ma’, fueron ambiciosos, no cifraron su vida en el tener, nunca faltó nada, los dos eran prácticos, sencillos, sensibles, con ellos aprendimos el valor del trabajo, el amor a la tierra y a los verdes de las montañas, los dos, cada uno a su manera amaban el campo y era el sitio dónde se sentían más a gusto.
Mi pa’, amaba la soledad y el silencio de la finca, tenía una capacidad creativa para hacer y arreglar todo lo que se dañaba, a él nada le quedaba grande, y tenía además una actitud impresionante con la vida, no sentía miedo y eso, hoy todavía a pesar del tiempo nos sorprende y maravilla.
Un día mi pa’, se fue a vivir al mundo de la oscuridad y nosotros los hijos comenzamos a sentir la ausencia de sus palabras y de su humor, durante los años que duró con su enfermedad, él estaba con su presencia viva y su mente en el reino del olvido, y a nosotros en otra orilla testigos de cómo se iba alejando cada día más, comenzó a habitarnos la orfandad, poco a poco nos dimos cuenta, de que al vivir con el alzhéimer, los solos, dolorosamente solos, éramos nosotros,
La urdimbre de esta historia esta tejida con hilos de muchos colores, hay puntadas mejores que otras, descosidos que jamás podrán remendarse y que hacen parte de un entramado que los hijos y los nietos hemos seguido anudando y anudando como artesanos en las tareas de vida personal y también como una hermosa manera de honrar la memoria.
Por ello los rituales en los encuentros son vitales en esa férrea idea de homenajear, es volver a nombrar a las personas amadas; ellas y las cosas que les pertenecieron, narran historias que hay que volver a contar y contar para exorcizar el olvido.
La orfandad, al lado de la vida y de los vivos, conmueve por la ausencia y el nunca jamás…
Sin embargo, aunque una de las tareas que tenemos con nuestros muertos es sepultarlos, lo que no podemos sepultar es el amor y los bellos recuerdos, ellos se convierten en un alimento necesario e importante para seguir viviendo.
Ni pa’, ni ma’…
*Psicóloga
fannybernalorozco@hotmail.com
Profesora Titular Universidad de Manizales.
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