Fanny Bernal Orozco


Facundo Cabral, dijo alguna vez que el hombre es un ser extraño: “Nacer no pide, vivir no sabe y morir no quiere”.
No queremos la muerte y menos la de nuestros seres queridos, la muerte es un suceso doloroso, difícil de asumir, más aún cuando nos sentimos unidos a nuestros familiares por vínculos afectivos fuertes y por experiencias de vida inolvidables.
La muerte deja un vacío que no es fácil de llenar, y es más evidente cuando amamos a quien muere, su ausencia esta en todas partes: objetos, espacios, casas, calles, libros, caminos, música, palabras, en los ojos de dolor de todos los que nos rodean, además de la expresión del nombre que todavía se nombra.
La pérdida de un ser querido, parte la historia individual y grupal de los dolientes, mueve el piso, confronta realidades, derrumba el presente, oscurece el horizonte de una manera abrupta, y cambia el sentido de la vida que se ha construido hasta ese momento.
Seguir el peregrinar por este mundo cuando se está en situación de duelo, es un arduo aprendizaje, que requiere de algunos recursos emocionales, y espirituales para afrontarlo, así como del apoyo de otras personas, para paliar la sensación de orfandad.
Asumir el dolor, darse el permiso para la queja, la rabia, la tristeza, la culpa, es una de las maneras de comenzar a expresar el duelo, es sintonizarse con ese mundo interior que quizás se ha derrumbado ante la muerte, acompañado de una gran dificultad para tomar el control de la vida y de las acciones cotidianas.
El dolor causa confusión, desorden y desconcierto, sensaciones que hacen parte de la experiencia de pérdida, tantas preguntas, demasiados interrogantes, y tan pocas respuestas, siempre queremos contestaciones y definiciones; nos resistimos a aceptar que hay sucesos en la vida que no tienen ninguna explicación.
Es como sentir que todo lo construido se ha desmoronado, las ideas sobre el futuro, las metas por alcanzar, los encuentros que ya no se harán, todo ha quedado suspendido, así como también se han truncado las ilusiones.
Estar en duelo, no es olvidar, tampoco es acabar con el amor; un funeral no se lleva el amor, ni los recuerdos, se deja el cuerpo físico, mientras tanto queda la historia, miles de recuerdos que surgen desordenados y refuerzan la presencia emocional.
Hace un año, este fin de semana, murió mi tío: El bacán, era un hombre dulce, siempre amable y dispuesto a ayudar a los demás, su muerte fue dolorosa llena de sufrimiento, luego de varias semanas en cuidados intensivos, nosotros su familia, afuera de la unidad, día y noche esperando con esperanza, una noticia buena, unas palabras de aliento que le devolvieran la salud, que le regresaran la vida…
No tuvimos tiempo para adaptarnos a la pérdida de la salud, la angustia fue larga y la muerte llegó, como suele llegar sin explicar, sin compasión, sin preguntar.
Cuando se siente desolación, el tiempo pasa despacio, los minutos se alargan, a pesar de que quisiéramos levantarnos y pensar que todo fue una horrorosa pesadilla, ahí estaba la cruda realidad, en un instante ya no había la lucha para sanar, se silenciaron todos los aparatos que le mantenían con vida, y todo el esfuerzo, y el cuidado de tantas personas había sido inútil, no hubo tiempo para las despedidas.
Tantos recuerdos traen los aniversarios, es como revivir cada acontecimiento, la familia unida en el acompañar y muda ante el desenlace. Hoy después de un año, he recordado la risa del tío, contando sus chistes bobos, o quedándose serio ante cualquier ocurrencia.
Tan difícil el adiós definitivo, si se piensa que la muerte llegó, cuando todavía faltaban caricias para dar y recibir, pasos nuevos de baile por aprender, canciones para entonar, partidos de fútbol para perder, juegos de parqués para ganar, caminadas por la finca, trepadas a los arboles, disfrute de la alegría del nieto y sobre todo, compartir con todos los que le amamos.
Mí tío, el bacán, tenía una memoria excelente, le gustaba leer y sabía de muchos temas, siempre tenía en su memoria las fechas de cumpleaños, de aniversarios, visitaba enfermos, iba a funerales, era el más orgulloso con los logros de cualquiera de nosotros, siempre estaba presente en cualquier situación de calamidad, él que cuidó de tantos, paradójicamente no se preocupó por cuidar de él mismo.
Y estos sentimientos se parecen un poco a los versos de Miguel Hernández, en uno de sus más sentidos poemas:
“Temprano levantó la muerte el vuelo, temprano madrugó la madrugada, temprano estás rodando por el suelo”.
“No hay extensión más grande que mi herida, lloro mi desventura y sus conjuntos, y siento más tu muerte que mi vida”.
Compañero del alma, compañero…
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