Efrain Castaño


Cuando estaba pequeño recuerdo que en el colegio el mes de mayo era revestido de aires de felicidad, canto, belleza; "salve, mayo florido, salve, mes sin igual, para honrar escogido a la Madre de Dios".
En el aula escolar, el hogar, el templo Parroquial este mes se cubría de flores, altares y cantos religiosos; algunas parroquias en la tarde congregaban la muchachada para rezar en ambiente festivo, especial; concursos, poesía religiosa, cantos a todo pulmón nos traían al Templo; aún recuerdo al Padre Adolfo Hoyos y el Padre Zuluaguita con su equipo de voluntarios animando nuestra presencia entre las cinco y seis de la tarde en la Catedral.
Mayo nos dejaba a todos, niños, jóvenes y adultos el ambiente cálido en el corazón que nos decía que la felicidad es posible, que la dicha es herencia para todos, que la alegría se puede sobre todo cuando se sigue el camino trazado por Cristo nacido de María; eramos chicos felices, juguetones, fraternos, amigables, sociables, cultos, rectos.
En el tiempo libre invadíamos las calles y las mangas o montañas vecinas con las voces de jolgorio, los juegos comunitarios que nos unían con todos los vecinos, los balones, pelotas, trompos, lazos para armar columpios, canicas o bolitas de cristal para jugar "a la pared" o al fútbol de patio en tierra; eran tardes enteras sin peligros, con la sonrisa en el rostro, la amistad en el corazón y el horizonte de la aventura y conquista; se sumaba la botella con el jugo o la limonada que nos empacaba mamá en la mochila.
Me viene todo esto al recuerdo porque me enteré que la firma Cola Cola ha organizado en el mundo "el Instituto de la felicidad" que busca orientar la vida hacia la posible felicidad que va más allá del sorbo de la afamada bebida.
La semana pasada transmitió para el mundo entero por todos los sistemas modernos de la comunicación un panel sobre la felicidad; invitó a algunos ponentes de varios continentes del mundo para que hablasen sobre cómo para ellos ser felices es posible, cómo con la superación de sus vidas han logrado tan ansiada meta.
Me llamó la atención que entre las personas invitadas estaba una hermana (monja) de nombre Lucía y que pertenece a la vida monacal, es decir vive en un convento donde la oración y el trabajo dentro del convento constituye su ámbito diario.
Hoy cuando la invitación es tener felicidad en oír, ver y consumir toda clase de ambientes, artículos y paisajes, me impactó oír hablar de felicidad a una monja cuya vida es reducida en hábitat y en actividades, donde la vida comunitaria es pequeña, se habla de ayuno y penitencia, de horarios fijos y pocas posibilidades de cambios de casa, compañía y realizaciones.
Pero sí, habló y testimonió la felicidad de vivir y al final fue aplaudida y los comentarios por Internet son positivos; mostró que la felicidad es posible, que no está en hacer mucho o variar mucho sino en amar mucho; que la felicidad se lleva dentro, que brota de adentro hacia afuera y no solo de afuera hacia adentro; sobre todo señaló que la fuente es Dios viviendo en limpia conciencia. Mayo y siempre, feliz.
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