Luis Prieto


Este tema es un asunto importante por su connotación. Tiene que ver con la ética, la honestidad, la moral, y otras virtudes cada vez más escasas.
Los dineros públicos provienen de los bolsillos de las gentes de todo el país en forma de impuestos, la mayoría haciendo grandes esfuerzos familiares. Y también del mundo empresarial, que tiene la ventaja de poderlos trasladar al respetable público, en forma de precios a los productos que venden, lo que significa duplicar la carga tributaria para las personas.
Todos esperan alguna retribución traducida en muchas promesas entre las cuales están las obras públicas que alivien un poco su diario vivir y que colaboran en el movimiento de las mercancías grandes y pequeñas, fruto del sudor de sus frentes, a los mercados pertinentes.
Ese dinero es entregado, para estos efectos, a personas que ascienden a los poderes legislativos mediante la votación popular y una vez satisfecho su apetito, mediante leyes expedidas por ellos mismos, lo trasladan a los sectores que conforman el tinglado burocrático, para que ejecuten lo que las campañas políticas han prometido, lo que nunca sucede.
El destino de estos dineros en Colombia, nunca cumplen su cometido. Una cuantía muy grande se queda enredada en cada paso del camino infinito de la burocracia nacional. Las manos de ese mundo político son manos bien entrenadas en desaparecerlos y en trasladarlos, invisiblemente, a las cuentas bancarias del exterior, la mayor de las veces.
El ministro de Hacienda se ha pasado durante su ministerio amenazando con reformas tributarias para cubrir sus desfases fiscales. Parece que todavía no se ha dado cuenta de las cuantías que roban en el sector público. En sus barbas mismas, en la Dirección de Impuestos Nacionales, la DIAN, de acuerdo con el escándalo provocado por funcionarios y exfuncionarios de esa entidad. Y qué tal lo sucedido en la Alcaldía Mayor de Bogotá con los carruseles de contratación, algo que seguramente se lleva un campeonato internacional.
Los contratos de diversa índole se han convertido en el ámbito nacional y en el de la provincia, en el ábrete sésamo de la corrupción. Pocos, si acaso, son los contratistas que ejecutan sus obras sin pedir reajustes. Muchos son los contratistas que a sabiendas, pujan en el momento de adjudicación con precios por debajo de los costos, ya que tienen en la administración compinches prestos a reconocerles con creces sus desviaciones pecaminosas. Modalidad sutil de escamoteo de dineros públicos.
Y cómo no hablar de los estupendos sueldos de magistrados y parlamentarios rodeados de asesores, cuantiosas primas, varios carros blindados, costosos de viajes al extranjero que se autoadjudican. Jubilaciones que superan por millones el promedio nacional, manipuladas previamente a su manera. Si uno cuenta en el exterior estas aberraciones cuesta trabajo ser creído.
El ministro de Hacienda debería desviar su desgaste hacia el control de lo que se roban en el sector público, donde encontrará con creces lo que busca con tanto ahínco atormentando al público en general, con tantas reformas tributarias.
La pompa, el despilfarro suntuoso y los mega salarios de parlamentarios, magistrados y demás de su talla en Colombia, contrasta con la discreción y sobriedad de sus pares en países ricos y desarrollados.
China es la segunda potencia más rica del mundo. Allí los congéneres de estos reyezuelos nuestros son considerados como unos funcionarios públicos como cualquiera otro. En los países escandinavos es común ver al primer ministro llegar diariamente a su trabajo conduciendo una bicicleta. En el Reino Unido, le consta al suscrito, los miembros del parlamento son funcionarios del más alto nivel político, que viven modestamente sin vanidades subdesarrolladas, en apartamentos sin lujos extravagantes, y usan el transporte público que los conduce al majestuoso parlamento británico.
Este columnista, invadido de tristeza, no quiere comentar lo que está sucediendo en el Ejército Nacional.
Los dineros públicos, más allá de nuestros mares, en sitios de un desarrollo intelectual ético, son realmente sagrados. Aquí se puede aplicar el dicho popular: lo que nada nos cuesta volvámoslo fiesta. Primer paso para la corrupción que invade a Colombia y que la sitúa penúltima en el escalafón mundial de esa desgracia.
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