Fanny Bernal Orozco


En el reino del Oeste vivía una reina que se llamaba Layla. Su sabiduría iluminaba la tierra como el sol, su belleza cegaba a los hombres, y su riqueza era mayor que la de cualquier otro monarca.
Cierta mañana su principal consejero pidió una audiencia, y le comentó:
-¡Gran reina Layla! Su alteza es la más sabia, la más bella y la más rica mujer del mundo, pero he escuchado algunas cosas que no me agradan; algunas personas se ríen o se quejan de las decisiones de la reina. -¿Por qué a pesar de todo lo que ha hecho por sus súbditos, éstos siguen sin estar contentos?.
La reina sonrío y respondió:
- Fiel consejero: tú sabes todo lo que hecho por mi reino. Siete regiones están bajo mi control, y en todas ellas reina la paz y la prosperidad. En todas las ciudades, las decisiones de mi corte son justas e inspiradas. Yo puedo hacer casi todo lo que quiera. Puedo ordenar que se cierren las fronteras, que se tranquen las puertas del palacio, o que el cofre del tesoro sea sellado por tiempo indefinido.
- Pero existe una cosa que no puedo hacer: ordenar que el pueblo cierre la boca; no se trata de escuchar las falsedades que dicen ciertas personas; lo importante es continuar haciendo lo que considero verdadero.
Mucha gente en esta sociedad gasta su tiempo en tejer artimañas, burlas y chismes hacia otras personas, usan frases que repiten y repiten sin pensar y poco a poco esto se convierte en un gran eco que se escucha en muchos sitios sin ninguna consideración, desatando emociones sociales que la mayoría de las veces, son asumidas sin reflexión y peor aún sin que pase por algún filtro lo que las personas oyen y corean.
Lo anterior da muestras de la falta de conciencia colectiva que hay en una sociedad, que permite que ese tipo de violencia se instale en los imaginarios de cientos de personas, haciendo gala de actitudes de desprecio y humillación.
A esto se suma la ausencia de líderes que utilicen la palabra de manera respetuosa, pareciera que entre más términos descalificadores y vulgares se usen, más son escuchados, así los medios se convierten en una puerta por dónde pasan infames, calificativos, insultos, sin censura, y lo más grave es que ello alienta a una gran parte de la comunidad y de paso también la aliena.
Así entonces, es fácil observar cómo sobresalen un sinnúmero de personas con egos enfermizos, que carecen de ideas claras, creatividad y compromiso social, su objetivo primordial es envenenar y contaminar mentes irreflexivas y poco pensantes que no ven las máscaras que estos personajes usan para ocultar sus malsanos objetivos.
Algunas emociones sociales contagian y este solo hecho llevaría a una persona sana, a hacer contención, autorregulación e inclusive a sentir vergüenza, y a pensar en las consecuencias del lenguaje utilizado, algo que desafortunadamente no sucede en nuestro país, por el contrario pareciera que con un lenguaje incendiario, procaz, y vulgar, se llega más rápido y a más personas y se consolidan ascensos y reconocimientos sociales.
Esta nefasta influencia empobrece los comportamientos y la proyección de una comunidad que, alimentada por el resentimiento, no asume unos mínimos éticos para relacionarse con su entorno, lo que además genera un impacto negativo en cualquier tipo de convivencia.
Todas estas actitudes dan cuenta de la pobre conciencia social y emocional de estas personas, que aunque creen que son dueños de una inteligencia superior, lo que realmente les sobra es superficialidad, soberbia e incapacidad para darse cuenta del daño que han estado propagando.
Lo anterior invita a pensar que para que una sociedad trascienda estos complejos asuntos, le debe apostar a la práctica de valores éticos los cuales, se convierten en coraza cuando el chisme, la manipulación, la rabia o la venganza, danzan con tanta permisividad en diferentes escenarios. Esto significa que no hay que repetir lo que se escucha dejándose contagiar por los resentimientos de los otros, que lo único que pretenden es propagar los actos de violencia.
Ese ejercicio de ‘Ser humano’ no se logra por el hecho de nacer, ¡no! el proceso de humanización es un trabajo de filigrana, para el que se requiere voluntad, responsabilidad, compromiso y actitud de servicio, asumir estos valores sí que ayudaría a conseguir la tan anhelada paz. De lo contrario, por lo menos aprender a cerrar la boca, como dice la reina en la historia de hoy.
*Psicóloga
fannybernalorozco@hotmail.com
Profesora Titular Universidad de Manizales.
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