Jaime Alzate


Jaime Alzate Palacios
Pasada la tenebrosa tormenta que nos azotó durante más de tres semanas, al menos en la superficie, las cosas han vuelto a la normalidad en lo referente a los "inexistentes" paros agrícolas. Estos hechos quedarán grabados con tinta indeleble en la historia del mandato del doctor Santos, porque lamentablemente ocurrieron muchas cosas que dejaron en nuestras mentes inmensas dudas sobre lo que nos está pasando a los colombianos en medio de la violencia interminable que para desgracia nuestra nos ha tocado enfrentar desde la juventud hasta la senectud.
Lo que más me ha impresionado en esta parte de la vida es la actuación violenta y en varias ocasiones casi asesina de los protestantes que se lanzaron a las calles, no solamente para dejar sentado su repudio por actitudes de gobiernos anteriores y presentes por el cruel abandono en que han mantenido a los campesinos, sino, y esto es lo más grave, por la forma más que violenta con que se enfrentaron a la autoridad representada por grupos de policías, la mayoría recién salidos de la adolescencia, a quienes el país les ha entregado el honroso pero triste deber de protegernos contra los desadaptados, que como quedó demostrado por las fuerzas de inteligencia y para nuestro horror, en una buena cantidad no pasaban de los 16 años.
Como de todos los hechos de la vida tenemos que sacar enseñanzas, sin duda hoy más que nunca debemos hacernos un lavado de conciencia comenzando por los que gracias a Dios tenemos unos hijos y unos nietos por quienes tenemos que jugarnos hasta la vida, para que nunca vayan a aparecer en los carteles de la ignominia. Como pudimos ver en las redadas hechas por la policía, ahora parece que ninguno de estos vándalos es culpable de las muertes, ni de las heridas de nuestros agentes de la autoridad, y fuera de ver desde la distancia nunca tuvieron en sus manos la asesina artillería que usan los criminales. Todo esto, según ellos, apareció por arte de magia.
Hay dos cosas que quiero señalar: la primera es que los padres de estos "jovencitos" son tanto o más responsables de la criminalidad de sus hijos, porque es una verdad sin atenuantes que la educación comienza en su propia casa y el ejemplo del hogar se refleja en quienes abusan del libertinaje incontrolado, cuyo fin estará tarde o temprano rodeado de tragedias.
Si los responsables de sus hijos no toman las medidas necesarias, poco servirá que estén en los mejores colegios o que pasen por las universidades más prestigiosas, porque será inevitable ver sus rostros bajo el letrero de "se busca".
El otro punto es que hay que poner freno de extrema urgencia a tantas leyes inocuas que amarran las manos de la autoridad legítima, que no puede reaccionar con fortaleza ante los ataques cobardes de quienes aprovechan la fuerza de la gavilla para actuar contra los representantes del orden. Urge que el Congreso, que tan desprestigiado está, se apersone de lo que nos está pasando, y siguiendo el ejemplo de otros países más democráticos que el nuestro pero menos laxos en ejercer la legitimidad, permita que dentro de los parámetros que fija la ley, no volvamos a tener que ser testigos de que una valiente señora haya tenido que ser la que les salvé la integridad a los policías, que por las órdenes que reciben quedan imposibilitados para su defensa personal.
Copio de El Tiempo, con algunas adiciones propias, las cuatro lecciones que nos dejó la tragedia que vivimos y que también les caen muy bien a los repudiables farianos:
1- La democracia se desprecia hasta que la pierdes, entonces te darás cuenta que solo en ella el pueblo no es inerme.
2- Para hacer cambios se requieren mayorías. Mientras más radicales los cambios, más amplias son las mayorías que se necesitan para triunfar. Con los grupúsculos violentos no se pueden hacer cambios benéficos.
3- La economía es de la mayor importancia y es necesaria para preguntarnos en qué nos equivocamos para terminar derrotados, porque las promesas incumplidas se vuelven mucho más peligrosas.
4- El terreno de las armas es de los armados, nunca de los pueblos. Solo manda el pueblo cuando su única fuerza, que es ser mayoría, se expresa por medio del voto que iguala el peso de las personas.
Graves consecuencias nos dejó este pedazo de historia, pero nos debe servir para corregir el rumbo y no caer en situaciones irremediables, sobre todo cuando estamos rodeados de enemigos tan peligrosos.
P.D.: Algunos se quejan de que las rosas tienen espinas. Yo estoy feliz de que las espinas tengan rosas.
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