Efrain Castaño


Dicen los comentaristas de farándula que la gran Madona, la estrella del canto en espectáculos deslumbrantes parece triste; como Madona quiere decir señora, podemos afirmar que la señora está triste.
Afirman quienes la han visto en sus últimas actuaciones de sus conciertos que reúnen a miles de seguidores que se regocijan en su presentación llena de sorpresas, belleza y creatividad que en efecto aparece en el escenario con su maravillosa voz y contorsiones que llenan de brío a los asistentes pero que algo resalta: no tiene la calidez en su rostro como antes, su boca siempre pintada de rojo fuerte ya no muestra sonrisas, su mirada es lejana y sin brillo.
Algo pasa a Madona, dicen; ya no tiene la misma vitalidad escénica que hace algunos meses tenía, actúa es cierto casi como con cuerpo elástico y su voz sigue hermosa y expresiva pero ya no ríe, su rostro no manifiesta el fuego de otrora; una periodista anotó: "se mueve y mucho pero parece un robot en el escenario".
Ojalá vuelva a ser la Madona explosiva y alegre que vimos pero la verdad es que la afirmación de la periodista me impactó: "parece un robot", porque me hizo pensar en tantas actitudes del resto de mortales que en este mundo actuamos a diario.
Actuamos como planificados, sabemos de memoria lo que tenemos que hacer, lo repetimos a diario pero sin vitalidad; obramos sin gusto, porque toca, sin ánimo, sin afecto alguno; nos movemos y mucho y casi siempre a velocidad pero sin alegría, sin expresar gozo por lo que se hace; parecemos robot programados pero sin alma.
Al presidir la Eucaristía puedo parecer un robot que repite gestos de un ritual pero sin corazón y amor; puedo parecer un robot; la secretaria puede saberse de memoria los códigos de funcionamiento de su empresa, publicar boletines, decretos, citas, cartas pero con la rigidez y precisión de un robot, sin amabilidad, sin acogida y gozo.
Por decreto o por dinero alguien puede hacer mover a otro que actuará pero sin corazón, fríamente, minuto a minuto produciendo eficacia pero sin alegría vivida y comunicada.
Un futbolista como Ronhaldiño llenaba estadios no solo porque jugaba bien sino porque su sonrisa acompañaba sus sorpresivas jugadas que sellaba con su afirmación: soy feliz en lo que hago; ahora este buen hombre opacó su fama en parte porque apagó la sonrisa de su rostro; juega bien, pero sin la felicidad que reflejaba: ya no produce tanta emoción verlo en la cancha o fuera de ella.
No seamos robot en el trabajo, en el deporte, en el hogar y menos aún en la oración; inyectemos ánimo a la existencia y de seguro que el círculo humano que nos rodea tendrá más gusto de estar con nosotros, de vivir y seguir; lo anotó un día San Pablo: "alégrense todos en el Señor".
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