Luis Prieto


Arde Colombia y arde más de medio mundo. Una protesta mundial se cierne sobre países de diversa índole, donde sus bases populares integradas por pobres, pero ahora principalmente por una clase media carente de empleos o mal remunerada, se sienten desamparados.
Protestas mundiales sin el tinte político del pasado. La democracia no se pone en tela de juicio pero sí el sistema económico imperante, derivado del Consenso de Washington, que adaptó una serie de conceptos económicos, sociales, propuestos por John Williamson en 1989 y puestos en marcha por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.
Supuestos para ayudar a la América Latina, considerada en ese entonces la región más pobre, pero posteriormente esparcidos a todo el mundo subdesarrollado.
Es una lista de diez postulados, pero los más sobresalientes y aplicables a este escrito serían la libertad de mercados, libertad financiera, privatización de empresas en manos del sector público, libertad de tipos de cambio y libertad de exportaciones e importaciones.
Al cabo de pocos años, se creó una reacción, prácticamente mundial, porque todo este tinglado olvidó algo fundamental: la equidad. La riqueza se concentró y la pobreza se expandió.
Por esto arden Colombia y con ella las calles y plazas de Brasil, Chile, Argentina, México en este lado del mundo, pero también la Euro Zona, Bulgaria, Egipto, Suecia, etc. todo un contagio a la velocidad del sonido, por las redes sociales y alimentado por las crecientes desigualdades sociales.
En Colombia estas manifestaciones, conjuntas y demandantes, complican la acción del gobierno por la infiltración guerrillera y el descuido en la atención oportuna de la gran crisis agraria vigente, que desde hace rato está reclamando la mano gubernamental. No está en sus fueros la solución. La producción agropecuaria en nuestro país es casi primitiva y está siendo asediada con gran desventaja por las importaciones de los TLC firmados con países de alto desarrollo técnico. Lo mismo está pasando con la industria que decrece a pasos acelerados y por los mismos motivos. Casi a diario se cierran fábricas de larga tradición. Los productores colombianos no alcanzaron a prepararse para tan desigual reto.
El caso cafetero merece meditaciones especiales. El producto de esta noble actividad no puede considerarse como un commodity cualquiera. Desde su llegada a Colombia a finales del siglo XVIII y esparcido por las laderas de las cordilleras nacionales, ha tenido un papel fundamental en la historia económica nacional. Sus visionarios predecesores concibieron tempranamente sus mercados internacionales y con los gobiernos de entonces, lo convirtieron en el puntal del desarrollo. Sus divisas dieron origen a la industrialización actual. Sus directores fueron los más competentes personajes de la época. Todos los que se ocupan de este tema recuerdan con añoranza a don Manuel Mejía y a don Arturo Gómez Jaramillo.
Tempranamente se fundó la Federación Nacional de Cafeteros, la más importante agremiación de productores colombianos, hasta hace algunos años. Se ingeniaron políticas para vincular a su producción a los más humildes campesinos de las vertientes geográficas, elevando su nivel de vida garantizando su trabajo con la única actividad viable y próspera para las laderas de donde son oriundos. Formando así, un tejido humano excepcional, que le ha evitado a la nación colombiana problemas sociales, sin fin.
Más de quinientas cincuenta mil familias colombianas, es decir más de dos y medio millones de campesinos, unidos en una red social sin precedentes, son los propietarios de la producción cafetera nacional. Un ejemplo de organización empresarial que no tiene par nacional ni internacional. Quienes se acercan a ella se inclinan y con sombrero en mano le rinden pleitesía.
Hoy situaciones externas la colocan en crisis de mercado. Hasta ahora cuando funcionarios del Estado, ignorando que Colombia es hoy Colombia porque el café ha sacado al país de las más profundas catástrofes, la irrespetan obligando a las gentes cafeteras del campo, sin apoyo alguno de los fracasados dirigentes de la Federación, a protestar con energía por la inercia gubernamental que no ha querido entender sus angustias.
Esta noble industria necesita una completa reestructuración llevando a su cúpula, no necesariamente a personas que saben sembrar café, sino a empresarios y personajes de postín que garanticen la unión cafetera y que tengan visión y talante internacional para plantear la conveniencia y necesidad de regresar al pacto de cuotas, para bien de la paz social de todos los países cafeteros golpeados por el Consenso de Washington.
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