Fanny Bernal Orozco


A la mayoría de seres humanos nos duele la muerte, sabemos que es el nunca jamás de muchos momentos, y por ello el pensar en vivir esta experiencia genera desasosiego, nostalgia e intención de alejar estas ideas del pensamiento.
De acuerdo con el vínculo, es la respuesta de dolor, entre más fuerte sea éste, más difícil puede llegar a ser el desapego afectivo y emocional. Y hay quiénes comienzan a pensar tanto en el pasado que sin darse cuenta, congelan sus sentimientos presentes y dejan de vivir el aquí y el ahora para darle vuelta y vuelta a escenas y momentos que forman parte importante de la vida; sin embargo, una tarea importante en la elaboración de un duelo, es que estos recuerdos no se tornen obsesivos, ya que con esta actitud, se está agudizando la situación de duelo.
Una manera sana de recordar a la persona fallecida, es la de provocar encuentros familiares y de amigos, que narren hechos de la vida en común, que enriquezca los recuerdos y permita abrir un camino a la comunicación de experiencias que solo se pueden conocer cuando se está en compañía de otras personas, es ésta además, otra forma de honrar la memoria del ser querido que ha muerto y que de paso ayuda a aliviar la tristeza.
Algunos sobrevivientes, cuando se deciden a hablar de su dolor, se quejan de no tener con quién hacerlo y que por ello se aíslan. Tienen razón, en el mundo social hay tanto bullicio y algarabía que no es fácil encontrar personas que sepan escuchar en respetuoso silencio, de manera comprensiva y lo más importante, sin juzgar.
Al acompañar, se hace necesario pensar en cómo es el dolor del ser humano que se tiene cerca,cuál es su sentimiento más intenso, este comportamiento ayuda a la persona en duelo a sentirse valorado, aceptado y reconocido, así como también motiva reflexiones hacia la transformación de actitudes auto exploratorias que den nuevos significados y sentidos a la experiencia de pérdida.
Lo anterior significa, que sanar un dolor requiere diversas estrategias encaminadas a rebajar la intensidad de las emociones, lo cual se traduce en el sentir y afrontar, jamás en evitar, como una forma de protegerse del dolor. No se puede ir por la vida usando un capote, en algún momento habrá que asumir la aflicción que produce la pérdida, así se sienta que es un tiempo de quiebre emocional y un trance devastador.
Es necesario saber que el dolor en muchas oportunidades está acompañado de emociones de rabia, de culpa, las cuáles se anudan alrededor de la tristeza, y como en una gran caravana pasan y pasan recuerdos, de lo que se hizo y también de lo que se dejó de hacer. Emergen entonces esos asuntos pendientes ensanchando los sentimientos y agregando una carga afectiva más fuerte al dolor.
Lamentarse por lo que no se logró origina mucho estrés, inclusive algunos deciden llevar a cabo un costoso funeral y con esta acción consideran aliviar su falta de consideración o de amor con su ser querido que ha muerto. Qué importante aprender que las expresiones de afecto, de cuidado y de solidaridad, hay que compartirlas en vida, y para ello se necesita invertir tiempo amoroso en fortalecer las relaciones y además trabajar el orgullo que no sirve sino para poner distancias profundas con los seres que amamos.
La muerte motiva a los vivos, si quieren, a que revisen su vida, a analizar sus afectos, a que hagan inventario de sus asuntos pendientes. La muerte vista así, podría ser la responsable de inmensos y maravillosos cambios en los vivos y en la vida. Valorar la vida, entregar lo mejor de cada uno en lo relacionado con los afectos, ayuda en un duelo a propiciar el desprendimiento. Es poder decir en las despedidas:’ No me debes nada, no te debo nada, estamos en paz’. Qué mejor manera de comenzar a asumir un duelo. Y cuando necesitemos recordar y recordar sabremos que dentro de nosotros tenemos dispuesto un espacio para los encuentros.
*Psicóloga
Profesora Titular Universidad de Manizales
fannybernalorozco@hotmail.com
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